7 de Diciembre

Domingo II de Adviento

San Ambrosio de Milán
Comentario del Salmo 118, XIX

Oficio, II

         Invitados por una tan extraordinaria gracia eclesial, y por los premios prometidos a la devoción, adelantémonos a la salida del sol, y salgamos a su encuentro antes de que nos diga: "Aquí estoy". El Sol de Justicia anhela ser precedido, y espera que se le preceda.

         Cristo espera y desea ser precedido. Y si no, escucha lo que dice al ángel de la Iglesia de Pérgamo: "Iré en seguida". De igual manera, dice al ángel de la Iglesia de Laodicea: "Estoy a la puerta llamando, y si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos".

         Sí, él por sí mismo puede entrar y salir, pues está resucitado corporalmente y ni las puertas atrancadas fueron capaces de retenerle, ni los apóstoles supieron cómo se presentó ante ellos. No obstante, él desea poner a prueba el ardor de la devoción, tanto de los apóstoles como la vuestra. Quizás sea él quien nos preceda en la tribulación, pero en las épocas de paz desea ser precedido.

         Hermano, procura preceder a este sol que ves. Sí, "despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz". Si te adelantas a la salida de este sol, acogerás a Cristo luz, y él brillará en el hondón de tu corazón, y tú podrás decirle: "Mi espíritu madruga por ti", y él hará resplandecer la luz mañanera en tus horas nocturnas.

         Viendo esa luz (luz de la gracia, no del tiempo), dirás: "La norma del Señor es límpida, y da luz a los ojos". Cuando el día te sorprenda meditando la palabra de Dios, y ocupándote en salmodiar, esa Luz será la delicia de tu alma, y nuevamente dirás al Señor Jesús: "A las puertas de la aurora y del ocaso me llenas de júbilo".

         El pueblo judío, siguiendo las enseñanzas de Moisés, y por medio de los ancianos elegidos para este ministerio, repetía las Sagradas Escrituras noche y día, ininterrumpidamente. Si al anciano le preguntáramos sobre otra cuestión, él no sabría hacer otra cosa que repetir la serie de la Sagrada Escritura.

         Entre los judíos no había tiempo para los temas mundanos, pues la Escritura era el único tema de sus conversaciones. Unos a otros se sucedían en su recitación, para que jamás cesase el sagrado resonar de los mandatos celestiales.

         Esto hacían los judíos, mientras que tú, cristiano, tienes a Cristo por maestro y ¿duermes? ¿No te avergüenzas que pueda decirse de ti: Este pueblo no me honra ni con los labios? Por lo menos, el pueblo judío "honraba al Señor con los labios", aunque su corazón estuviese lejos.

         Si el corazón del que honra a Dios (por lo menos, con los labios) está lejos de Dios, ¿cómo va a estar el tuyo cerca de Dios, si ni siquiera le honras con los labios? ¡Qué esclavizado te tiene el sueño, y los intereses del mundo, y las preocupaciones de esta vida, y las cosas de esta tierra!

         Divide al menos tu tiempo, oh hermano, entre Dios y el mundo. O bien, cuando no puedas ya ocuparte de los negocios de este mundo, porque te lo impide la oscuridad de la noche, date a Dios y dedícate a la oración. Si quieres vencer el sueño, canta salmos.

         Acude temprano a la iglesia, oh hermano, llevando las primicias de tus buenos propósitos. Así, cuando te reclamen los asuntos cotidianos de la vida, no te faltarán motivos para decir: "Mis ojos se adelantan a las vigilias, meditando tu promesa", y marcharás tranquilo a tus ocupaciones. ¡Qué hermoso es comenzar la jornada con himnos y cánticos, con las bienaventuranzas que leemos en el evangelio! ¡Qué promesa de prosperidad es bendecir la jornada con la palabra de Cristo!

 Act: 07/12/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A