19 de Enero

Domingo II Ordinario

San Pablo
Carta a los Romanos 4, 1-25

Oficio, I

         Veamos el caso de Abraham, antepasado de nuestra raza. ¿Aceptó Dios a Abraham por sus obras? Si es así, tiene de qué estar orgulloso; pero de hecho, delante de Dios no tiene de qué. A ver, ¿qué dice la Escritura? Esto mismo: "Abraham creyó al Señor, y se le contó en su haber".

         Pues bien, a uno que hace un trabajo, el jornal no se le cuenta como un favor, sino como algo debido; en cambio, a éste que no hace ningún trabajo, pero tiene fe en que Dios absuelve al culpable, esa fe se le cuenta en su haber.

         También David llama dichoso al que Dios cuenta como inocente, prescindiendo de sus obras: "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito".

         Ahora bien, esta bienaventuranza ¿se refiere sólo al circunciso o también al no circunciso? Hemos quedado en que "la fe de Abraham se le contó en su haber", pero ¿cuándo se le contó, antes o después de circuncidarse? Antes, no después, y la circuncisión se le dio como señal, como sello de la justificación obtenida por la fe antes de estar circuncidado.

         Así, Abraham es padre de todos los no circuncisos que creen, contándoseles también a ellos en su haber, y al mismo tiempo de todos los circuncisos que, además de estar circuncidados, siguen las huellas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de circuncidarse.

         No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abraham y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Además, si el ser herederos dependiera de observar la ley, la fe quedaría sin contenido y la promesa anulada, porque la ley no trae más que reprobación; en cambio, donde no hay ley no hay violación posible.

         Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia. Así, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abraham, que es padre de todos nosotros. Así lo dice la Escritura: "Te hago padre de muchos pueblos".

         Al encontrarse con Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abraham creyó. Apoyado en la esperanza creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: "Así será tu descendencia". No vaciló en la fe aun dándose cuenta de que su cuerpo estaba medio muerto (tenía unos cien años) y estéril el seno de Sara.

         Ante la promesa, Abraham no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte por la gloria dada a Dios al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual se le contó en su haber. Y no sólo por él está escrito "se le contó", sino también por nosotros, a quienes se contará si creemos en el que resucitó de entre los muertos, nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.

 Act: 19/01/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A