3 de Marzo

Martes II de Cuaresma

San Agustín de Hipona
Comentario del Salmo 140, IV-VI

Oficio, II

         "Señor, te he llamado, ven deprisa". Esto lo podemos decir todos, y no sólo yo sino el Cristo total. Se refiere al cuerpo personal de Jesús, que cuando se encontraba en este mundo oró con su ser de carne, oró al Padre con su cuerpo.

         Mientras oraba, gotas de sangre destilaban de todo el cuerpo de Jesús, como recuerda el evangelio: "Jesús oraba con más insistencia, y sudaba como gotas de sangre". ¿Qué quiere decir el flujo de sangre de todo su cuerpo, sino la pasión de los mártires de la Iglesia?

         "Señor, te he llamado, ven deprisa. Escucha mi voz cuando te llamo". Pensabais que ya estaba resuelta la cuestión de la plegaria con decir: "Te he llamado". Habéis llamado, pero no os habéis quedado tranquilos. Si se acaba la tribulación, se acaba la llamada. Si la tribulación de la Iglesia y del cuerpo de Cristo continúa hasta el fin de los tiempos, no sólo habéis de decir "te he llamado, ven deprisa", sino también "escucha mi voz cuando te llamo".

         "Suba mi oración como incienso en tu presencia, y el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde". Cualquier cristiano sabe que esto suele referirse a la misma cabeza de la Iglesia. Cuando ya el día declinaba hacia su atardecer, el Señor entregó, en la cruz, el alma (que después había de recobrar, porque no la perdió en contra de su voluntad).

         También nosotros estábamos representados allí, pues lo que de él colgó en la cruz era lo que había recibido de nosotros. Y si no, ¿cómo es posible que, en un momento dado, Dios Padre aleje de sí y abandone a su único Hijo, que es un solo Dios con él? Al clavar nuestra debilidad en la cruz, como recuerda el apóstol, "nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él".

         Por tanto, la ofrenda de la tarde fue la pasión del Señor, la cruz del Señor, la oblación de la víctima saludable, el holocausto acepto a Dios. Aquella ofrenda de la tarde se convirtió en ofrenda matutina por la resurrección. La oración brota, pues, pura y directa del corazón creyente, como se eleva desde el ara santa el incienso. No hay nada más agradable que el aroma del Señor, y esto es a lo que han de oler todos los creyentes.

         Así, pues, "nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros libres de la esclavitud del pecado", según recuerda nuestro apóstol.

 Act: 03/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A