6 de Marzo

Viernes II de Cuaresma

San Ireneo de Lyon
Contra las Herejías, IV, XVI, 1-5

Oficio, II

         Moisés dice al pueblo en el Deuteronomio: "El Señor, nuestro Dios, hizo alianza con nosotros en el Horeb. No la hizo con nuestros padres, sino con nosotros". ¿Por qué razón "no la hizo con nuestros padres"? Por esto mismo: porque "la ley no ha sido instituida para el justo".

         Los padres eran justos, tenían la eficacia del decálogo inscrita en sus corazones y en sus almas, amaban al Dios que los había creado y se abstenían de la injusticia con respecto al prójimo. Por esta razón no había sido necesario amonestarlos con un texto de corrección, ya que llevaban la justicia de la ley dentro de ellos.

         Cuando esta justicia y este amor hacia Dios cayeron en olvido, y se extinguió en Egipto, Dios, a causa de su mucha misericordia hacia los hombres, tuvo que manifestarse a sí mismo mediante la palabra.

         Con su poder, Dios sacó de Egipto al pueblo, para que el hombre volviese a seguirle. Afligió con prohibiciones a sus oyentes, para que nadie despreciara a su Creador. Lo alimentó con el maná, para que recibiera un alimento espiritual, como recuerda el Deuteronomio: "Te alimentó con el maná que tus padres no conocieron, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios".

         Exigía también Dios que le amasen, e insinuaba la justicia que se debe al prójimo, para que el hombre no fuera injusto ni indigno para con Dios. Así preparó Dios al hombre, mediante el decálogo, para su amistad y la concordia que debía mantener con su prójimo.

         Todas estas cosas eran provechosas para el hombre, y no para Dios, pues Dios no necesita nada de él. Efectivamente, todo esto glorificaba al hombre, completando lo que le faltaba (esto es, la amistad de Dios), mas a Dios no le era de ninguna utilidad.

         Dios no necesita el amor del hombre. En cambio, al hombre le falta la gloria de Dios, y le es absolutamente imposible alcanzara, a no ser por su empeño en agradarle. Por eso fue por lo que Moisés dijo al pueblo: "Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia. Elígela amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y pegándote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra".

         A fin de preparar al hombre para semejante vida, el Señor dio, por sí mismo y para todos los hombres, las palabras del decálogo. Por ello, estas palabras continúan válidas también para nosotros, y la venida en carne de nuestro Señor no las abrogó, sino que les dio plenitud y universalidad.

         Sobre aquellas otras palabras que contenían sólo un significado de servidumbre, aptas para la erudición y el castigo del pueblo de Israel, Dios las dio separadamente y sólo para aquel pueblo, tal como dijo el mismo Moisés: "Yo os enseño los mandatos y decretos que me mandó el Señor". Estos preceptos fueron dados como signo de servidumbre a Israel, y por eso han sido abrogados por la nueva alianza de libertad.

         En cambio, aquellos otros que forman parte del mismo derecho natural, y son origen de libertad para todos los hombres, fueron dados por Dios con mayor plenitud y universalidad. Mediante ellos, Dios concedió, con largueza y sin límites, que todos los hombres pudieran conocerlo como padre adoptivo, pudieran amarlo y pudieran seguir, sin dificultad, a aquel que es su Palabra.

 Act: 06/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A