20 de Marzo
Viernes IV de Cuaresma
San Cirilo de Alejandría
Sobre la Adoración, V, 68
Oficio, II
Lo que hasta aquí he dicho se refiere al sentido histórico, mas es hora ya de pasar al sentido espiritual. Tan pronto como se erigió y apareció sobre la tierra aquel verdadero santuario, que es la Iglesia, la gloria de Cristo la cubrió, pues no otra cosa significa que aquel primitivo santuario fuera cubierto por la nube.
Así pues, Cristo inundó a la Iglesia de su gloria. Para los que están inmersos en la tenebrosa noche de la ignorancia y del error, él resplandece como el fuego, irradiando una espiritual ilustración. A aquellos que ya han sido iluminados, y en cuyo corazón amaneció el día espiritual, él les brinda sombra y protección, y los nutre con el rocío espiritual (esto es, con los consuelos de lo alto, o donación del Espíritu Santo). Por eso se dice que "aparecía de noche como fuego, y de día en forma de nube".
Los que todavía eran niños necesitaban de ilustración e iluminación para llegar al conocimiento de Dios. En cambio, los más avanzados y los ya ilustrados por la fe requerían protección y ayuda, para poder soportar con valentía el bochorno de la presente vida y el peso de la jornada, pues "todo el que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido".
"Cuando se levantaba la nube sobre la tienda, los israelitas se ponían en marcha". Esto significa que la Iglesia sigue a Cristo donde quiera que él va, y que la santa multitud de los creyentes jamás se aparta de aquel que la llama a la salvación.
¿Qué hemos de entender por este acampar y "ponerse en marcha" en pos de Cristo, que nos precede y nos guía? Esto mismo: que no existe diferencia alguna entre estas dos expresiones de la Escritura, ya que tanto el "ponerse en marcha" (siguiendo a la nube) como acampar (al detenerse ella) es una figura de nuestra voluntad, que desea estar con Dios.
Si quisiéramos afinar al máximo la comprensión, diríamos que existe un primer punto de partida: el que va de la infidelidad a la fe, de la ignorancia al conocimiento, del desconocimiento de la naturaleza de Dios a la clara visión del Creador del universo.
A continuación del ya mencionado, existe un segundo punto de partida: el que va de una vida disoluta y desarreglada a un mejoramiento de sentimientos y acciones. Existe un tercer punto de partida, todavía más noble y excelente: el que va de un estado de imperfección a la perfección de comportamientos y creencias.
¿Es que no tendemos gradualmente a una mayor configuración con Cristo, cuando crecemos "hacia el hombre perfecto, hacia la medida de Cristo en su plenitud"? Esto es probablemente lo que San Pablo nos dice cuando escribe: "Olvidándome de lo que queda atrás, y lanzándome a lo que está por delante, corro hacia la meta para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama".
Act:
20/03/26
@tiempo
de cuaresma
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()