3 de Junio

Miércoles IX Ordinario

San Pablo
Carta a los Gálatas 3,15-4,7

Oficio, I

         Hermanos, nadie puede anular un testamento debidamente otorgado, ni añadir una cláusula. Pues bien, las promesas de Dios se hicieron a Abraham y a su descendencia (no "a los descendientes", sino "a tu descendencia", que es Cristo).

         Según esto, la herencia debidamente otorgada por Dios no iba a ser anulada por una ley que apareció 430 años más tarde, ni dejarla sin efecto. En caso que la herencia viniera en virtud de la ley, ya no dependería de la promesa, mientras que Dios le dejó a Abraham la herencia y la promesa.

         Entonces, ¿para qué la ley? Se añadió para denunciar los delitos, hasta que llegara el descendiente beneficiario de la promesa, y ésta fuese promulgada por ángeles, por boca de un mediador. Entonces, ¿contradice la ley las promesas de Dios? Nada de eso, pues si se hubiera dado una ley capaz de dar vida, la justificación dependería realmente de la ley.

         La Escritura presenta al mundo entero como prisionero del pecado, para que lo prometido se obtenga por la fe en Jesucristo. Antes de que llegara la fe, todos estábamos prisioneros, custodiados por la ley, esperando que la fe se revelase. Así, la ley fue nuestro pedagogo, hasta que llegara Cristo y Dios nos justificara por la fe. Una vez que la fe ha llegado, ya no estamos sometidos al pedagogo, porque todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.

         Por el bautismo, los que os habéis incorporado a Cristo os habéis revestido de Cristo. Por el bautismo, ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Si sois de Cristo, sois descendencia de Abraham y herederos de la promesa.

         Mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo, pues todo lo que tiene lo tienen bajo tutores y curadores, hasta la fecha fijada por su padre. Igual nosotros, cuando éramos menores, estábamos esclavizados por lo elemental del mundo.

         Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Una vez hechos hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo. Si eres hijo, eres también heredero, por voluntad de Dios.

 Act: 03/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A