3 de Junio
Miércoles IX Ordinario
San Ambrosio de Milán
Epistolario, XXXV, 4-6.13
Oficio, II
Dice el apóstol que el que hace morir las malas pasiones del cuerpo, por el espíritu vivirá. Y ello nada tiene de extraño, ya que el que posee el Espíritu de Dios se convierte en hijo de Dios. Hasta tal punto es hijo de Dios, que no recibe ya un espíritu de esclavitud, sino un espíritu de adopción final, al extremo de que el Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para testificar que somos hijos de Dios.
El testimonio del Espíritu Santo consiste en que él mismo clama en nuestros corazones ¡Abba, Padre!, como leemos en la Carta a los Gálatas. Existe otro importante testimonio de que somos hijos de Dios: el hecho de que "somos herederos de Dios y coherederos con Cristo". Es coheredero con Cristo el que es glorificado juntamente con él. Es glorificado con él aquel que, padeciendo por él, realmente padece con él.
Para animarnos a este padecimiento, añade Pablo que todos nuestros padecimientos son inferiores y desproporcionados a la magnitud de los bienes futuros. También nos dice que estos últimos se nos darán como premio de nuestras fatigas, cuando nosotros, restaurados plenamente a imagen de Dios, podremos contemplar su gloria cara a cara.
Para encarecer la magnitud de esta revelación futura, añade Pablo que la misma creación entera está en expectación de esa manifestación gloriosa de los hijos de Dios, ya que las criaturas todas están ahora sometidas al desorden, pero libres de la esclavitud de la corrupción, y con la esperanza de tomar parte en la libertad de los hijos de Dios. De este modo, cuando se ponga de manifiesto la gloria de los hijos de Dios, será una misma realidad la libertad de las criaturas y la de los hijos de Dios.
Mientras esta manifestación no es todavía un hecho, la creación entera gime en la expectación de la gloria de nuestra adopción y redención. Sus gemidos son como dolores de parto, y van engendrando ya aquel espíritu de salvación y ese deseo de verse libre de la esclavitud del desorden.
Está claro que, los que gimen anhelando la adopción filial, lo hacen porque poseen las primicias del Espíritu. Esta adopción filial consiste en la redención del cuerpo entero, cuando el que posee las primicias del Espíritu, como hijo adoptivo de Dios, verá cara a cara el bien divino y eterno. Por ahora, la Iglesia del Señor posee ya la adopción filial, puesto que el Espíritu clama ¡Abba, Padre!, como dice la Carta a los Gálatas.
Esta adopción será perfecta cuando resuciten, dotados de incorrupción, de honor y de gloria, todos aquellos que hayan merecido contemplar la faz de Dios. En ese momento, la condición humana habrá alcanzado la redención en su sentido pleno. Por ello, el apóstol afirma que "en esperanza fuimos salvados". La esperanza, en efecto, es causa de salvación, como lo es también la fe, de la cual se dice en el evangelio: "Tu fe te ha salvado".
Act:
03/06/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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