22 de Febrero
Domingo I de Cuaresma
San Agustín de Hipona
Epistolario, CXL, 13-15
Oficio, II
Para que se revelara la gracia del Nuevo Testamento, que no dice relación con la vida temporal sino con la eterna, no convenía que el Cristo-hombre fuera propuesto como ejemplo de felicidad eterna.
Esto explica la sujeción, la pasión, la flagelación, los salivazos, los desprecios, la cruz, las heridas y la misma muerte. Esto explica vencido y derrotado, para que sus fieles supieran cuál era el premio que cabía pedir y esperar, y no se consagraran al servicio de Dios con la intención de conseguir (como una gran cosa) la felicidad mundana.
Por esta razón, el Cristo-hombre crucificó al hombre viejo, y dijo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Por la voz de nuestra debilidad, por tanto, transfiguró en sí nuestra cabeza, haciendo suyo el Salmo 21 que dice: "Dios mío, Dios mío, mírame, ¿por qué me has abandonado?".
Esta es la voz que Jesús transfiguró en sí mismo, a saber: la voz de su cuerpo. Es decir, de su Iglesia, que iba a ser transformada de hombre viejo en hombre nuevo. Es decir, la voz de su debilidad humana, a la que fue preciso negarle los bienes del Antiguo Testamento para que aprendiera de una vez a desear y esperar los bienes del Nuevo Testamento.
Act:
22/02/26
@tiempo
de cuaresma
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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