9 de Abril

Jueves I de Pascua

Eusebio de Cesarea
Sobre la Pascua, VII-XII

Oficio, II

         Los seguidores de Moisés inmolaban el cordero pascual una vez al año, el día 14 del mes 1, al atardecer. En cambio, los cristianos de la Nueva Alianza celebramos nuestra Pascua todos los domingos.

         Los cristianos constantemente nos vemos saciados con el cuerpo del Salvador, y participamos de la sangre del Cordero. Constantemente llevamos ceñida la cintura de nuestra alma con la castidad y la modestia, y están nuestros pies dispuestos a caminar según el evangelio. Constantemente tenemos el bastón en la mano, y descansamos apoyados en la vara que brota de la raíz de Jesé. Constantemente nos vamos alejando de Egipto, y vamos en busca de la soledad de la vida humana, y caminamos al encuentro con Dios, y celebramos la fiesta del paso de Dios o Pascua.

         El evangelio de Jesús quiere que hagamos esto no sólo una vez al año, sino todos los días. Por eso, cada domingo festejamos nuestra Pascua y celebramos los misterios del verdadero Cordero, por el cual fuimos liberados. No circuncidamos con cuchillo nuestro cuerpo, pero amputamos la malicia del alma con el agudo filo de la palabra evangélica. No tomamos ázimos materiales, pero sí los ázimos de la sinceridad y de la verdad.

         La gracia nos ha exonerado de los viejos usos, y nos ha hecho entrega del hombre nuevo creado según Dios. Este hombre nuevo tiene su nueva ley, una nueva circuncisión, la nueva Pascua, pues está liberado por Cristo del yugo de los tiempos antiguos.

         Cristo, exactamente el día 5 de la semana, se sentó a la mesa con sus discípulos, y mientras cenaba, dijo: "He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer". Aquellas Pascuas antiguas y anticuadas, que habían comido con los judíos, no eran deseables. En cambio, el nuevo misterio de la Nueva Alianza, de que hacía entrega Jesús a sus propios discípulos, era deseable y necesaria, y muchos antiguos profetas y justos anhelaron verlo y vivirlo.

         La pascua mosaica no era realmente apta para todos los pueblos, pues ordenaba celebrarla en lugar único: en Jerusalén. Por el contrario, el misterio del Salvador de la nueva Alianza era apto para todos los hombres, y con toda razón era deseable.

         Si queremos comer con Cristo la Pascua hemos de purificar nuestras mentes de todo fermento de malicia, saciándonos con los panes ázimos de la verdad y la simplicidad. Hemos de incubar en el alma la verdadera circuncisión, rociando las jambas de nuestra alma con la sangre del Cordero inmolado por nosotros. De hacerlo, habremos alejado a nuestro exterminador, y no sólo una sola vez al año sino todas las semanas.

         Los cristianos celebramos a lo largo del año unos mismos misterios, y el sábado precedente al domingo conmemoramos el ayuno y la pasión del Salvador, como hacían los apóstoles. Cada domingo somos vivificados con su santo cuerpo, y recibimos en el alma el sello de su preciosa sangre.

 Act: 09/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A