24 de Febrero

Martes I de Cuaresma

San Cipriano de Cartago
Sobre el Padrenuestro, I-III

Oficio, II

         Los preceptos evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas divinas, fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe, alimentos del corazón, gobernalle del camino, garantía para la obtención de la salvación. Estos preceptos instruyen en la tierra las mentes dóciles de los creyentes, y los conducen a los reinos celestiales.

         Muchas cosas quiso Dios que dijeran e hicieran oír los profetas, mas ¡cuánto más importantes son las que habla su Hijo! Sobre todo porque las atestigua con su propia voz, la que estuvo presente en los profetas. Esa Voz no pide ya que se prepare el camino al que viene, sino que es él mismo quien viene, abriéndonos y mostrándonos el camino.

         De este modo, quienes antes éramos ciegos y abandonados, y errábamos antes en las tinieblas de la muerte, ahora nos vemos iluminados por la luz de la gracia y alcanzamos el camino de la vida, bajo la guía y dirección del Señor.

         El Señor, entre todos los saludables consejos y divinos preceptos, con los que orientó a su pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y él mismo nos instruyó y aconsejó sobre lo que teníamos que pedir. Él nos nos enseñó a orar para que fuésemos escuchados con más facilidad, a la hora de dirigirnos al Padre con la misma oración que el propio Hijo nos enseñó.

         El Señor ya había predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y verdad, y lo cumplió. De esta manera nosotros, que habíamos recibido el espíritu y la verdad como consecuencia de su santificación, hoy adoramos a Dios verdadera y espiritualmente, de acuerdo con sus normas.

         ¿Qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, y por quien nos fue enviado el Espíritu Santo. ¿Qué plegaria más verdadera ante el Padre hay, que la que brotó de labios del Hijo, que es la verdad? Orar de otra forma no es sólo ignorancia, sino también una culpa, como el mismo Cristo recordó: "Vosotros anuláis el mandamiento de Dios, por mantener vuestra tradición".

         Oremos, pues, queridos, como Dios y nuestro maestro nos enseñó. A Dios le resulta amiga y familiar la oración que se le dirige con sus mismas palabras, la misma oración de Cristo que llega a sus oídos. Cuando hacemos esta oración, el Padre reconoce las palabras de su propio Hijo. Que el mismo que habita dentro del corazón sea el que resuene en la voz, puesto que lo tenemos como abogado por nuestros pecados ante el Padre.

         Como pecadores que somos, empleemos las mismas palabras de nuestro defensor. Si él dice que hará lo que pidamos al Padre en su nombre, ¿cuánto más eficaz no será nuestra oración en el nombre de Cristo, si la hacemos con sus propias palabras?

 Act: 24/02/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A