7 de Abril

Martes I de Pascua

Eusebio de Cesarea
Sobre la Pascua, IV-V

Oficio, II

         Los cristianos inauguramos cada año la solemnidad de la Pascua, tras unos períodos cíclicos de preparación. Así, antes de la fiesta, y como preparación para la misma, nos ejercitamos en las prácticas cuaresmales (a imitación de Moisés y Elías), iterando luego la fiesta misma año tras año. Éstas son las nuevas enseñanzas, antiguamente envueltas en símbolos pero recientemente sacadas a plena luz. 

         Emprendido de este modo el camino hacia Dios, nos ceñimos cuidadosamente la cintura con el ceñidor de la templanza. Protegiendo cautamente los pasos de nuestra alma, iniciamos (bien calzados) la carrera de nuestra vocación celestial.

         Usando la vara de la palabra divina, y no tan sólo el poder intercesor de la oración para repeler a los enemigos, con toda alegría y decisión los cristianos nos aventuramos por la senda que nos lleva al cielo, haciéndonos pasar de las cosas de esta tierra a las celestiales, de la vida mortal a la inmortalidad.

         Consumando felizmente este paso, nos espera otra solemnidad aún mayor (solemnidad que los hebreos llaman Pentecostés) y que es imagen del reino de los cielos. Dice, en efecto, Moisés: "A partir del día en que metas la hoz en la mies, contarás siete semanas y de la nueva cosecha presentarás al Señor panes nuevos".

         Con esta figura profética se simbolizaba la vocación de los gentiles (por la mies) y las almas ofrecidas a Dios por los méritos de Cristo (por los panes nuevos), así como las iglesias integradas por paganos (por cuyo motivo se organizan los máximos festejos ante el acatamiento de Dios, rico en misericordia).

         Recolectados por las racionales hoces de los apóstoles, congregados por las iglesias como gavillas en la era, formando un solo cuerpo por el acorde sentir de la fe, sazonados con la sal de las doctrinas y mandatos divinos, regenerados por el agua y el fuego del Espíritu Santo, los cristianos somos ofrecidos por Cristo como panes festivos, apetitosos y gratos a Dios.

         Confrontados los proféticos símbolos de Moisés con la autenticidad de una realidad de santos efectos, los cristianos hemos aprendido a celebrar una solemnidad más gozosa que la que se nos transmitió, cual si ya estuviéramos reunidos con nuestro Salvador, cual si gozáramos ya de su reino.

         Por ese motivo, durante estas fiestas no se nos permite ninguna práctica ascética, sino que se nos estimula a presentar la imagen del descanso que esperamos disfrutar en el cielo. Por esta razón no nos arrodillamos en la oración, ni nos afligimos con el ayuno.

         Respecto al no arrodillarse, no nos parece oportuno que sigan postrándose en tierra quienes recibieron la gracia de resucitar en Dios, ni que sufran lo mismo quienes ha sido liberados de las pasiones que quienes todavía son esclavos de sus apetitos.

         Tras la Pascua, y al término de 7 íntegras semanas, celebramos la fiesta de Pentecostés, de la misma manera que antes de la Pascua, y durante un período de 6 semanas, aguantamos varonilmente las prácticas cuaresmales. El número seis es, por así decirlo, un número que se traduce en actividad y eficacia. Por esta razón se dice que "Dios creó en seis días todas las cosas".

         Por esta última razón, a las fatigas que supusieron la preparación de la primera solemnidad les siguen las 7 semanas preparatorias de la segunda solemnidad, en que se nos concede un largo período de descanso, simbolizado por el número siete.

         Considerando los santos días de Pentecostés como una imagen del futuro descanso, no sin razón nuestras almas desbordan de gozo, e incluso condescendemos con nuestro cuerpo y nos concedemos un respiro, como si ya estuviéramos con el Esposo y sin ayuno alguno.

 Act: 07/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A