10 de Abril

Viernes I de Pascua

Dídimo de Alejandría
Sobre la Trinidad, II, 14

Oficio, II

         Bautismo auténtico es el que ejerce su acción liberadora cada día, y a cada hora y momento; sobre todos los que descienden a las aguas bautismales, sobre todo tipo de pecado y para siempre.

         A los que ya son hermanos por la gracia, este bautismo los convierte en primogénitos y recién nacidos, sin exceptuar a los de corta edad ni a los de edad avanzada. Incluso a quienes no se les confían las riquezas terrenas, por no ofrecer suficiente garantía de seguridad, incluso a éstos se les hace entrega con plena seguridad de todo el patrimonio divino, hasta el punto de que cantan alborozados: "El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar, y me conduce hacia fuentes tranquilas", y: "Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos, me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa".

         El ángel que removía el agua era precursor del Espíritu Santo, y Juan era paralelamente llamado "ángel del Señor". Él fue el precursor del Señor, y bautizaba en el agua.

         El crisma con que fueron ungidos Aarón y Moisés, y posteriormente todos cuantos eran ungidos con la cuerna sacerdotal (denominados cristos o ungidos), eran tipo del crisma santificado que nosotros recibimos. Éste es un crisma que, aunque fluya corporalmente, espiritualmente aprovecha.

         Tan pronto como la fe de la Trinidad beatísima desciende sobre nuestro corazón, la palabra del Espíritu sobre nuestra boca, y el sello de Cristo, brilla en nuestra frente. Tan pronto como se ha recibido el bautismo, y nos ha confirmado el crisma, inmediatamente encontramos propicia a la Trinidad (que viene a nosotros con sus dones), y los espíritus inmundos se retiran de los que ya están limpios.

         Tan pronto como somos bautizados cede en nosotros el interés por los asuntos mundanos, huye de nosotros todo tipo de pasiones corporales, se nos perdonan todos los delitos, nuestros nombres son inscritos en libros indelebles, se nos dispensan los bienes celestiales.

         Tan pronto como recibimos el bautismo somos inscritos en la Jerusalén del cielo y somos llamados santos, porque el Señor lava la suciedad de los hijos de Sión y friega la sangre de en medio de ellos con el soplo del juicio.

         Como nos enseña Pedro, si antiguamente el bautismo salvaba (y eso que no era sino una figura), con mucha mayor razón ahora nos hace inmortales y nos deifica. Escribe Pedro, en efecto, que "aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva, que no consiste en limpiar una suciedad corporal sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús".

         Nosotros vamos transformándonos en espirituales, y no sólo vemos y percibimos estas cosas sino que gratuitamente somos iluminados por el Espíritu Santo, y disfrutamos de ellas cada vez que participamos del cuerpo de Cristo y degustamos la fuente de la inmortalidad.

 Act: 10/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A