18 de Mayo
Lunes VII de Pascua
San
Cirilo de Alejandría
Comentario de Juan, XI, 11
Oficio, II
Todos los que participamos de la sangre sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con él, como atestigua Pablo al referirse al misterio del amor misericordioso del Señor:
"En otros tiempos no había sido manifestado a los hombres, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus apóstoles y profetas, que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo".
Si todos formamos un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo unos con otros, sino también en relación con Aquel que se halla en nosotros gracias a su carne, ¿cómo no mostrar abiertamente esa unidad entre nosotros y en Cristo? Sí, hermanos, Cristo es Dios y hombre a la vez, y el vínculo de la unidad.
Si seguimos por el camino de la unión espiritual, habremos de decir que todos nosotros, una vez recibido el único y mismo espíritu (a saber, el Espíritu Santo), nos fundimos entre nosotros y con Dios. Aunque seamos muchos por separado, y Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu, único e indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí (en cuanto subsisten en su respectiva singularidad), y hace que todos aparezcan como una sola cosa en sí mismo.
Así como la humanidad de Cristo hace que formen un mismo cuerpo todos aquellos en quienes ella se encuentra, así el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los reduce a todos a la unidad espiritual. Es a lo que nos exhorta Pablo, cuando dice:
"Sobrellevaos mutuamente con amor, y esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios que es Padre de todo, que lo trasciende todo, que lo penetra todo y todo lo invade".
Siendo uno solo el Espíritu que habita en nosotros, Dios será en nosotros el único Padre de todos por medio de su Hijo, con lo que reducirá a una unidad mutua a cuantos participan del Espíritu.
Ya desde ahora se manifiesta de alguna manera nuestra participación en el Espíritu Santo. Cuando abandonamos nuestra vida anterior, y nos atenemos a las leyes espirituales, ¿no es evidente que hemos adquirido una configuración celestial, y en cierto modo nos hemos transformado en otra naturaleza?
Esto es lo que consigue la unión con el Espíritu Santo con nosotros, haciéndonos pasar de hombres a hijos, y de terrenos a celestiales, y de naturaleza corporal a naturaleza divina.
Por ello, todos nosotros no somos ya más que una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Una sola cosa por identidad de condición, por asimilación en el amor, por comunión en la humanidad de Cristo y por participación del único y santo Espíritu.
Act:
18/05/26
@tiempo
de pascua
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M
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R C A B A
M U R C I A
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