20 de Mayo
Miércoles VII de Pascua
Vaticano
II
Lumen Gentium, 4.12
Oficio, II
Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Fue enviado para santificar a la Iglesia y posibilitar que los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre. Él es el Espíritu de la vida, por quien el Padre vivificará a todos los muertos por el pecado y resucitará sus cuerpos mortales.
El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo, y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos. Con diversos dones jerárquicos y frutos carismáticos dirige y enriquece a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad y unifica en comunión y ministerio, enriqueciéndola con todos sus dones.
El Espíritu Santo rejuvenece a la Iglesia por la virtud del evangelio, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Efectivamente, el Espíritu y la esposa dicen al Señor Jesús: "Ven". Así se manifiesta toda la Iglesia, como una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
La universalidad de los fieles, que tiene la unción del Espíritu Santo, no puede fallar en su creencia, y ejerce ésta mediante la propiedad sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde el obispo hasta el último feligrés manifiesta el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres.
Con ese sentido de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, recibe la palabra de Dios, se adhiere indefectiblemente a ella, la penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida.
El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios, y lo enriquece con las virtudes, sino que, "reparte a cada uno como a él le parece". Sí, él reparte entre los fieles gracias de todo género (incluso especiales), y con ellas los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: "En cada uno se manifiesta el Espíritu, para el bien común".
Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes (por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia), hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo.
Act:
20/05/26
@tiempo
de pascua
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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