23 de Mayo

Sábado VII de Pascua

San Máximo de Turín
Homilías, LVI, 1-3

Oficio, II

         "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto". Floreció el Señor, pues, resucitando del sepulcro, y fructifica cuando sube al cielo. Él es flor cuando es engendrado en lo profundo de la tierra, y es fruto cuando es instalado en su sublime sitial. Es grano cuando padece la cruz, y es fruto cuando se ve rodeado de la copiosa fe de los apóstoles.

         Durante aquellos 40 días que, después de la resurrección, Cristo convivió con sus discípulos,  les instruyó en toda la madurez de sabiduría y los preparó para una cosecha abundante con toda la fecundidad de su doctrina. Después subió al cielo (es decir, al Padre), llevando el fruto de la carne y dejando en sus discípulos las semillas de la justicia.

         Recordaréis la comparación que hice en otro momento del Salvador con aquella águila del salmista, de la que leemos que "renueva su juventud". Existe, en efecto, una semejanza, y no pequeña.

         El águila, abandonando los valles, se eleva a las alturas y penetra rauda en los cielos. El Salvador, abandonando las profundidades del abismo, se elevó a las serenas cimas del paraíso, y penetró en las más elevadas regiones del cielo. El águila, abandonando la sordidez de la tierra, y volando hacia las alturas, goza de la salubridad de un aire más puro. El Señor, abandonando la hez de los pecados terrenales, y revolando en sus santos, se alegra en la simplicidad de una vida más pura.

         La comparación con el águila le cuadra perfectamente al Salvador, mas ¿cómo explicar el hecho de que frecuentemente el águila destroza a su presa, y arrebata frecuentemente la presa ajena? En esto, por supuesto, no es semejante el águila al Salvador.

         En cierto modo arrambló el Señor la presa cuando arrancó al hombre de las fauces del infierno, y lo condujo al cielo. Igualmente, cuando arrambló al esclavo de una dominación ajena (la diabólica) y lo liberó de su cautividad, y lo condujo a las regiones más elevadas, como escribe el profeta: "Subió a lo alto llevando cautiva a la cautividad y dio dones a los hombres".

         Esta frase significa, ciertamente, que Cristo se llevó a lo alto de los cielos a la cautividad cautivada. Una y otra cautividad son designadas con idéntica palabra, pero ambas con un significado bien distinto, pues la cautividad del diablo reduce al hombre a la esclavitud, mientras que la cautividad de Cristo restituye a la libertad. "Subió a lo alto llevando cautiva a la cautividad". ¡Qué bien describe el profeta el triunfo de Cristo! 

         Según dicen, la pompa de la carroza de los vencidos solía preceder al rey vencedor. En cuanto a la cautividad gloriosa, ésta no precede al Señor en su ascensión a los cielos, sino que lo acompaña; no es conducida ante la carroza, sino que es ella la que lleva al Salvador. Por un inefable misterio, mientras el Hijo de Dios eleva al cielo al Hijo del hombre, la misma cautividad es a la vez portadora y portada. Lo que añade ("dio dones a los hombres") es el gesto típico del vencedor.

 Act: 23/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A