15 de Febrero

Domingo VI Ordinario

San Pablo
Carta I a los Tesalonicenses 1,1-2,12

Oficio, I

         Pablo, Silvano y Timoteo, a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz.

         Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros, y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor.

         Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido, y que cuando se proclamó el evangelio entre vosotros no hubo sólo palabras, sino también fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda. Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros, para vuestro bien. Vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre luchas y con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya.

         Desde vuestra iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes. Vuestra fe en Dios ha corrido de boca en boca, de modo que nosotros no tenemos necesidad de decir nada más, ya que la misma gente cuenta los detalles de la acogida que nos hicisteis.

         Abandonando los ídolos, vosotros os volvisteis a Dios y servisteis al Dios vivo y verdadero, aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos para librarnos del castigo futuro.

         Sabéis muy bien, hermanos, que nuestra visita no fue inútil. A pesar de los sufrimientos e injurias padecidos en Filipos, que ya conocéis, tuvimos valor para predicaros el evangelio de Dios en medio de fuerte oposición.

         Nuestra exhortación no procedía de error o de motivos turbios, ni usaba engaños, sino que estuvo aprobada por Dios y fue ordenada a la predicación del evangelio. Así lo predicamos nosotros, y no para contentar a los hombres sino a Dios, que es el que aprueba nuestras intenciones. Como bien sabéis, nunca hemos tenido palabras de adulación ni codicia disimulada. Dios es testigo. No pretendimos honor de los hombres, ni de vosotros, ni de los demás.

         Como apóstoles de Cristo, podríamos haberos hablado autoritariamente, mas os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor.

         Recordad nuestros esfuerzos y fatigas, trabajando día y noche para no ser gravosos a nadie. Así fue como proclamamos, entre vosotros, el evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y Dios también, de lo real, recto e irreprochable que fue nuestro proceder con vosotros. Sabéis perfectamente que tratamos con cada uno personalmente, como un padre con sus hijos, animándoos con tono suave y enérgico a vivir como merece Dios, el que os ha llamado a su reino y gloria.

 Act: 15/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A