13 de Mayo
Miércoles VI de Pascua
San León Magno
Tratados, LXXIII, 4-5
Oficio, II
Amadísimos, durante todo este tiempo que media entre la resurrección del Señor y su ascensión, la providencia de Dios se ocupó en demostrar, insinuándose en los ojos y en el corazón de los suyos, que la resurrección de Jesucristo era tan real como su nacimiento, pasión y muerte.
Por ello, los apóstoles y todos los discípulos, que estaban turbados por su muerte en la cruz y dudaban de su resurrección, fueron fortalecidos de tal modo que, cuando el Señor subió al cielo, no sólo no experimentaron tristeza alguna, sino que se llenaron de gran gozo.
En efecto, fue motivo de una inmensa e inefable alegría el hecho de que la naturaleza humana, en presencia de una santa multitud, ascendiera por encima de la dignidad de todas las criaturas celestiales, para ser elevada sin que ningún grado de elevación pudiera dar la medida de su exaltación. Fue elevada hasta ser recibida junto al Padre, entronizada y asociada a la gloria de Aquel con cuya naturaleza divina se había unido en la persona de su Hijo.
Por esto mismo, amadísimos, porque la ascensión de Cristo es nuestra propia exaltación, y adonde ha precedido la cabeza allí es estimulada la esperanza del cuerpo, alegrémonos con sentimientos de júbilo, y deshagámosnos en sentidas acciones de gracias.
En el día de hoy no sólo se nos ha confirmado la posesión del paraíso, sino que en Cristo hemos penetrado en lo más alto del cielo, consiguiendo (por la inefable gracia de Cristo) mucho más de lo que habíamos perdido por la envidia del diablo. En efecto, a los que el virulento enemigo había arrojado de la felicidad de la primera morada, a ésos, incorporados ya a Cristo, el Hijo de Dios los ha colocado a la derecha del Padre.
Act:
13/05/26
@tiempo
de pascua
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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