15 de Mayo

Viernes VI de Pascua

San León Magno
Tratados, LXXIV, 3-4

Oficio, II

         La fe, aumentada por la ascensión del Señor, y fortalecida con el don del Espíritu Santo, ya no se amilana por las cadenas, la cárcel, el destierro, el hambre, el fuego, las fieras ni los refinados tormentos de los crueles perseguidores. Hombres y mujeres, niños y frágiles doncellas han luchado en todo el mundo por esta fe, hasta derramar su sangre. Esta fe ahuyenta a los demonios, aleja las enfermedades, resucita a los muertos.

         Los mismos apóstoles que, a pesar de los milagros contemplados y enseñanzas recibidas, se habían acobardado ante las atrocidades de la pasión del Señor, y se habían mostrado reacios a admitir el hecho de la resurrección, recibieron un progreso espiritual tan grande de la ascensión que todos los temores antiguos se convirtieron en motivo de gozo.

         El espíritu apostólico, en efecto, quedó totalmente elevado por la contemplación de la divinidad, sentada a la derecha del Padre. Al no ver ya el cuerpo del Señor, comprendieron con mayor claridad que Jesús no había dejado nunca al Padre (al bajar a la tierra), ni había abandonaría nunca a sus discípulos (al subir al cielo).

         Amadísimos, el Hijo del hombre se mostró en la ascensión, de un modo más excelente y sagrado, como Hijo de Dios, al ser recibido en la gloria de la majestad del Padre. Al alejarse de nosotros (por su humanidad), comenzó a estar presente entre nosotros de un modo nuevo e inefable (por su divinidad).

         Con la ascensión, nuestra fe comenzó a adquirir un mayor y progresivo conocimiento de la igualdad del Hijo con el Padre, y a no necesitar de la presencia palpable de la sustancia corpórea de Cristo. Subsistiendo la naturaleza del cuerpo glorificado de Cristo, la fe de los creyentes puede tocar al Hijo único, igual al Padre, mediante el conocimiento espiritual, y no sólo ya con la mano.

         He aquí la razón por la que el Señor, después de su resurrección, le dijo a esa María Magdalena que (representando a la Iglesia) corría presurosa a tocarlo: "Suéltame, que todavía no he subido al Padre", a forma de decirle: No quiero que vengas a mí corporalmente, ni que me reconozcas a la sensibilidad del tacto, sino que te reservo para cosas más sublimes. Cuando haya subido al Padre, entonces me palparás con más perfección y mayor verismo, pues asirás lo que no tocas y creerás lo que no ves.

         Mientras los ojos de los discípulos seguían la trayectoria del Señor subiendo al cielo, y lo contemplaban con intensa admiración, se les presentaron dos ángeles, resplandecientes en la admirable blancura de sus vestidos, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis aquí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse".

         Con estas palabras, todos los hijos de la Iglesia eran invitados a creer que Jesucristo vendría visiblemente en la misma carne con que le habían visto subir, y que todo le estaba sometido, y que el propio ministerio de los ángeles se había puesto enteramente a su servicio.

         Así como fue un ángel quien anunció a la bienaventurada Virgen que iba a concebir por obra del Espíritu Santo, y los ángeles anunciaron a los pastores al recién nacido de la Virgen, y los primeros testimonios de la resurrección fueron comunicados por los ángeles, de igual modo fueron los ángeles quienes anunciaron que Cristo vendrá en la carne a juzgar al mundo.

         Todo esto tiene la misión de hacernos comprender cuán numeroso ha de ser el séquito de Cristo cuando venga a juzgar, si fueron tantos los que le sirvieron cuando vino para ser juzgado.

 Act: 15/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A