8 de Febrero

Domingo V Ordinario

San Juan Crisóstomo
Homilías sobre Romanos, XII, 20

Introducción

         No podéis imaginaros cómo me escuece recordar las muchedumbres que, como imponente marea, se congregaban los días de fiesta, y ver reducidas ahora a la mínima expresión aquellas multitudes de antaño. ¿Dónde están ahora los que en las solemnidades nos causan tanta tristeza?

         Es a ellos a quienes busco, y a ellos por cuya causa lloro, al caer en la cuenta de la cantidad de ellos que perecen y que estaban salvos, al considerar los muchos hermanos que pierdo, cuando pienso en el reducido número de los que se salvan, hasta el punto de que la mayor parte del cuerpo de la Iglesia se asemeja a un cuerpo muerto e inerte.

         Me dirá alguno: ¿Y a nosotros qué? Pues bien, os importa muchísimo a vosotros también, que no os preocupáis por ellos, ni les exhortáis, ni les ayudáis con vuestros consejos. A vosotros que no les hacéis sentir su obligación de venir, ni los arrastráis aunque sea a la fuerza, ni les ayudáis a salir de esa supina negligencia.

         Cristo nos enseñó que no sólo debemos sernos útiles a nosotros, sino a muchos, al llamarnos sal, fermento y luz. Estas cosas, en efecto, son útiles y provechosas para los demás.

         La lámpara, por ejemplo, no luce para sí, sino para los que viven en tinieblas. Así que, si tú eres lámpara, lo eres no para disfrutar en solitario de la luz, sino para reconducir al que yerra. ¿De qué sirve, si no, la lámpara, si no alumbra al que vive en las tinieblas? Y ¿cuál sería la utilidad del cristianismo si no ganase a nadie, ni a nadie redujera a la virtud?

         La sal tampoco se conserva a sí misma, sino que mantiene a raya a los cuerpos tendentes a la corrupción, impidiendo que se descompongan y perezcan. Lo mismo tú: puesto que Dios te ha convertido en sal espiritual, conserva y mantén en su integridad a los miembros corrompidos. Es decir, a los hermanos desidiosos, y a los que ejercen artes esclavizantes, y al hermano liberado de la desidia, como de una llaga cancerosa, reincorporándolo a la Iglesia.

         Por esa razón te apellidó Jesús fermento. Pues bien, tampoco el fermento actúa como levadura de sí mismo, sino de toda la masa, por grande que sea y pese a su parvedad y escaso tamaño. Lo mismo vosotros: aunque numéricamente seáis pocos, sed muchos por la fe y el empeño en el culto de Dios.

         Así como la levadura, no por desproporcionada, deja de ser activísima, sino que por el calor con que la naturaleza la ha dotado, y en fuerza a sus propiedades, sobrepuja a la masa, sea así también vosotros. Si os lo proponéis, podréis reducir a una multitud mucho mayor, a un mismo fervor y a un paralelo entusiasmo.

 Act: 08/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A