7 de Mayo

Jueves V de Pascua

Nicolás Cabasilas
Vida en Cristo, VI

Oficio, II

         La finalidad de la iniciación es la de impartir la virtud y la eficacia del Espíritu Santo. La unción, en particular, nos introduce en la participación del Señor Jesús, en quien reside la salvación de los hombres, la esperanza de todos los bienes, nos es comunicado el Espíritu Santo y tenemos acceso al Padre.

         El Espíritu Santo otorga sus carismas a los iniciados, repartiendo a "cada uno, en particular, como a él le parece". Él no nos abandona, y su dador ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo.

         El ungüento de la unción procura a los cristianos los dones de piedad, oración, caridad, castidad y otros enormemente ventajosos para quienes los reciben. Y esto a pesar de que muchos cristianos no lo comprenden, o ignoran la gran importancia de este sacramento, o (como se escribe en el libro de los Hechos) "ni siquiera oyeron hablar de un Espíritu Santo".

         Semejante fallo es imputable a los que reciben el sacramento antes de la edad adecuada, y por ello no estaban capacitados para comprender estos dones. En efecto, al recibirlo en plena adolescencia, todavía no están preparados para el futuro, y por ello pronto ciegan los ojos del alma y son arrastrados al torbellino de la culpa.

         Esta iniciación no es inútil ni superflua, pues en el divino baño recibimos el perdón de los pecados, y en la sagrada mesa el cuerpo de Cristo. Estas realidades no cesarán hasta que venga en su gloria el que es su fundamento, y seguirán beneficiando a los cristianos que participen en los dones del Espíritu Santo.

         ¿Sería razonable que, mientras los demás sacramentos de la iniciación conservan toda su eficacia, sólo la confirmación estuviera desposeída de ella? ¿Cómo pensar que sea Dios fiel a sus promesas en el primer caso, y dudar que lo sea en el segundo?

         En definitiva, o se admite la eficacia sacramental en todos los sacramentos, o no se admite en ninguno de ellos, ya que en todos actúa la misma virtud, y única es la inmolación del único Cordero, y su muerte y su sangre son las que confieren perfección a todos los sacramentos.

         La donación del Espíritu Santo, por tanto, está más que probada. A unos se les ha dado para edificación de la Iglesia (como dice San Pablo), ya sea prediciendo el futuro, administrando los sacramentos o curando las enfermedades con sola su palabra. A otros se les ha dado para que ellos mismos sean mejores, y se vayan convirtiendo en modelos de piedad, castidad, caridad o humildad.

         Así pues, el sacramento de la confirmación produce en todos los iniciados su efecto propio, si bien no todos tienen conciencia de los dones ni poseen la necesaria capacidad para la correcta utilización de tales riquezas. Unos porque la inmadurez de la edad no les permite comprender lo que han recibido, otros porque no están preparados o no manifiestan el fervor necesario.

 Act: 07/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A