5 de Mayo
Martes V de Pascua
Nicolás Cabasilas
Vida en
Cristo, III
Oficio, II
La iluminación bautismal se opera instantáneamente en el alma de los neófitos, pero sus efectos no son inmediatamente discernibles por todos, sino sólo (y después de un cierto tiempo) por algunas personas probas, que purificaron los ojos del alma a base de muchos sudores y fatigas por amor a Cristo.
La sagrada unción dispone favorablemente los templos para ser casas de oración. Ungidas con este óleo sagrado, estas casas son lo que significan. Cristo es esa unción derramada, y nuestro abogado ante Dios Padre. Para esto se derramó y se hizo unción, para empapar hasta las médulas nuestra naturaleza.
Los altares vienen a ser como las manos del Salvador. Así, de la sagrada mesa, cual de su santísima mano, recibimos el pan (es decir, el cuerpo de Cristo) y bebemos su sangre (la mismo que recibieron los primeros a quienes el Señor invitó a este sagrado banquete, invitándoles a beber aquella copa realmente tremenda).
Dado que él es al mismo tiempo sacerdote y altar, ofrenda y oferente, sujeto y objeto de la ofrenda, Cristo ha repartido las funciones entre estos dos misterios, asignando aquéllas al pan de bendición y éstas a la unción sagrada.
El altar es realmente Cristo, que sacrifica en virtud de la unción. Ya desde su misma institución, el altar lo es en virtud de su unción, y los sacerdotes lo son por haber sido ungidos. En su caso, el Salvador es también sacrificio por la muerte en cruz, que padeció para gloria de Dios Padre. Por eso nos dice Pablo que "cada vez que comemos este pan anunciamos su muerte e inmolación".
Es más, el Señor es ungüento y es unción, por el Espíritu Santo. Esta es la razón por la que Cristo sí podía ejercer las más sagradas funciones y santificar, y no ser santificado ni en modo alguno padecer. ¿Por qué? Porque santificar es incumbencia del altar, del sacrificador y del oferente, y no de la víctima ofrecida y sacrificada.
Sobre que el altar tenga capacidad de santificar, lo afirma la Escritura cuando dice: "Es el altar el que consagra la ofrenda". Cristo es pan en virtud de su carne santificada (por la unción) y deificada (por las heridas). Dice él mismo, al respecto: "El pan que yo daré es mi carne, que yo daré para la vida del mundo". El mismo Cristo es ofrecido como pan y ofrece como ungüento, bien deificando la propia carne, bien haciéndonos partícipes de su unción.
Tenemos en Jacob un tipo de estas realidades, cuando habiendo ungido la piedra con aceite, se la dedicó al Señor ofrendándosela junto con la unción. Este rito indicaba tanto la carne del Salvador como la piedra angular, sobre la que el verdadero Israel (el Verbo, único que conoce al Padre) derramó la unción de la divinidad. Lo indicaba para hacernos hijos de Abraham, sacándonos de las piedras y haciéndonos partícipes de la unción.
Prueba de ello es que el Espíritu Santo, derramado sobre los que recibieron la unción, es un Espíritu de adopción filial. Como recuerda San Pablo, "ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios", y que "él mismo clama en nuestros corazones Abba, Padre". Tales son los efectos que la sagrada unción produce en los que desean vivir en Cristo.
Act:
05/05/26
@tiempo
de pascua
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A L
M
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R C A B A
M U R C I A
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