6 de Mayo
Miércoles V de Pascua
Nicolás Cabasilas
Vida en
Cristo, IV
Oficio, II
Después de la sagrada unción pasamos a la mesa santa, que es el fin y meta de la vida sacramental. Lograda ésta, nada faltará a la felicidad tan buscada y anhelada. En ella no recibimos ya la muerte, la sepultura o la participación de una vida mejor, sino al mismo Resucitado. Tampoco recibimos en ella los dones del Espíritu en la medida en que pueden ser participados, sino al mismo Bienhechor, y al templo mismo en el que se encierra la multitud de todas las gracias.
Cristo está presente en cada uno de los sacramentos, y cabría decir que en él somos ungidos y lavados. O mejor, que él es nuestra unción y nuestra ablución, como es también nuestra comida.
Especialmente, Cristo está presente en los que son iniciados, y a ellos les confiere sus dones. Lavándolos, los purifica del fango de los vicios e imprime en el bautizado su propia imagen. Ungiéndolos, los dinamiza y los hace esforzados para las obras del Espíritu Santo (de las que él, por su encarnación, se ha convertido él en tesorero).
Cuando los iniciados son invitados a la mesa (es decir, a nutrirse de los dones de su cuerpo), Cristo los cambia totalmente, transformándolos en sí mismo. Por eso la eucaristía es el sacramento supremo, que cierra toda ulterior progresión y cualquier posible adición.
El bautismo confiere todas las gracias que le son propias, pero no hace tocar las cimas de la perfección. En el bautismo, en efecto, todavía no poseemos los dones del Espíritu Santo, que se nos confiere el sagrado crisma. Sobre los bautizados por Felipe, por ejemplo, no había descendido el Espíritu Santo, sino que fue necesaria la imposición de manos de Pedro y Juan.
A este respecto, dice la Escritura que "aún no había bajado sobre ninguno el Espíritu Santo, sino que tan sólo estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo".
Los confirmados por el Espíritu profetizaban, y poseían el don de lenguas, y estaban revestidos de otros carismas. No obstante, a todos ellos todavía les faltaba mucho para ser totalmente hombres de Dios, y por eso se hallaban enredados en envidias, ambiciones, rivalidades inútiles y otros vicios por el estilo.
De hecho, esto es lo que Pablo les echó en cara, cuando les dijo: "Todavía sois carnales, y os guían los bajos instintos". Por supuesto, aquellos confirmados eran ya espirituales (por lo que se refiere a la gracia), pero no lo suficiente para erradicar del alma cualquier asomo de maldad.
Toda esta perfección es lo que logra la eucaristía. Quienes han participado ya de la sagrada Cena, y se han visto librados de la muerte por el Pan de Vida, y no son conscientes de pecado alguno cometido con posterioridad, a éstos nadie podrá tacharles de espirituales a medias. Es absolutamente imposible, repito, que este sacramento obre con toda su eficacia y no consiga liberar a los iniciados de cualquier imperfección.
¿Por qué? Porque un sacramento es eficaz por sí mismo, y comunica todos los efectos que pueda causar. La eucaristía nos hace habitar en Cristo y a Cristo en nosotros, como él mismo dijo ("habitará en mí y yo en él").
Si Cristo habita en nosotros, ¿qué más podemos buscar? Y si moramos en Cristo, ¿qué más podemos desear? Él es a la vez nuestro huésped y nuestra morada. ¡Dichosos nosotros por tal inhabitación! ¡Doblemente dichosos por habernos convertido en moradores de semejante casa!
En un mismo instante, en la comunión eucarística se espiritualiza nuestra alma, nuestro cuerpo y todas las facultades. Es decir, nuestra alma se compenetra con el alma de Cristo, nuestro cuerpo con su cuerpo y nuestra sangre con su sangre.
¿Cuál es el resultado de todo esto? Éste mismo: que lo más noble prevalece sobre lo más humilde, que lo humano es superado por lo divino, que lo mortal queda absorbido por la vida. Como dijo San Pablo en cierto momento, "ya no soy soy quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí".
Act:
06/05/26
@tiempo
de pascua
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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