8 de Mayo

Viernes V de Pascua

San Ambrosio de Milán
Comentario del Salmo 118, VII, 6-7

Oficio, II

         "Este es mi consuelo en la aflicción: que tu promesa me da vida". Esta es la esperanza, sí, ésta es la esperanza que me sale al encuentro con tu palabra y que me ha aportado el consuelo necesario para tolerar las amarguras de la vida presente. Mientras Pablo persigue el nombre de Jesús, del consuelo saca la esperanza.

         Una vez hecho creyente, escucha cómo nos consuela el apóstol: "¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿La aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿el peligro?, ¿la espada?". Como dice la Escritura, "por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza". Y a continuación señala el motivo de esa paciente tolerancia: "En todo esto vencemos fácilmente, por Aquel que nos ha amado".

         Si alguien desea superar la adversidad, la persecución, el peligro, la muerte, una grave enfermedad, la intrusión de los ladrones, la confiscación de los bienes, o cualquier suceso que el mundo considera adverso, fácilmente lo conseguirá si tiene la esperanza consoladora.

         En efecto, aunque estas cosas suceden, no pueden resultar gravosas a quien afirma: "Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá". Sí, quien espera cosas mejores no se deja abatir por las baladíes.

         "En el momento de la desgracia nos consuela una esperanza que no defrauda". Por "momento de la desgracia" entiendo yo el tiempo de prueba. En efecto, nuestra alma se siente "en desgracia" cuando se ve a merced del tentador, o es probada con duros trabajos, o experimenta la lucha y el combate con fuerzas contrarias. No obstante, en estas tentaciones no se siente defraudada, porque se sabe vivificada por la palabra de Dios.

         La palabra de Dios, pues, es la sustancia vital de nuestra alma, la sustancia que la nutre, la hace crecer y la gobierna. Fuera de esta palabra de Dios, nada existe capaz de mantener en la vida al alma dotada de razón.

         Lo mismo que la palabra de Dios va creciendo en el alma en proporción directa a su acogida, inteligencia y comprensión, así también va en progresivo aumento la vida del alma. Y viceversa, en la medida en que decae la palabra de Dios en nuestra alma, en idéntica proporción languidece la vida del alma.

         Así pues, del mismo modo que el binomio alma y cuerpo es animado, alimentado y sostenido gracias al soplo de vida, de igual suerte nuestra alma es vivificada por la palabra de Dios y la gracia espiritual.

         De lo dicho se sigue que hemos de esforzarnos por atesorar la palabra de Dios, trasvasándola a lo más íntimo de nuestro ser (sentimientos, preocupaciones, reflexiones) y a nuestro obrar, de modo que nuestros actos sintonicen con la Escritura y no estén en desacuerdo con la globalidad de los preceptos celestiales. Así podremos decir también nosotros que "tu promesa me da vida".

 Act: 08/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A