2 de Julio
Jueves XIII Ordinario
San Clemente de
Alejandría
Los Tapices, VII, 7
Oficio, II
Se nos ha mandado adorar y honrar al que estamos convencidos ser el Logos, el Salvador, y por su medio al Padre. Y no solamente hemos de hacerlo en determinados días, sino continuamente, durante toda la vida y de las más variadas formas.
La raza escogida, y justificada por el precepto, dice: "Siete veces al día te alabo". No en un lugar determinado, ni en un templo escogido, ni en ciertas fiestas o en días fijos, sino durante toda la vida y en todas partes, pues el verdadero adorador (viva solo o en comunidad) honra a Dios, le da gracias por el conocimiento y es rector de su vida.
La presencia de un hombre virtuoso, observante y respetuoso, no deja de conformar e influir beneficiosamente en aquel con quien convive. Así pues, ¿cómo no se hará normalmente cada día mejor el que está continuamente en la presencia de Dios por el conocimiento, el estilo de vida y la acción de gracias? Tal es el que está persuadido de que Dios está en todas partes, sin estar circunscrito a lugares estables o determinados.
Viviendo toda nuestra vida como un día de fiesta, en la firme persuasión de que la omnipotencia divina llena el universo, lo alabamos cuando cultivamos los campos, navegamos al son de himnos y en cualquier circunstancia en que nos encontremos. El auténtico adorador vive íntimamente unido a Dios, y en todas las cosas hace gala de la gravedad e hilaridad. Gravedad por su constante atención a Dios, hilaridad porque considera dones de Dios los bienes humanos.
Aun cuando se nos den los bienes sin pedirlos, no por eso es superflua la oración de petición. La misma acción de gracias, y la petición de cuanto puede colaborar a la conversión del prójimo, son ya acciones típicas del adorador.
Con idéntica finalidad oró el mismo Señor, dando gracias por haber llevado a feliz término su ministerio y pidiendo que fuesen muchos los que consiguiesen la sabiduría. Así, los que se salvan dan gloria a Dios por saberse salvados, y el único bueno y salvador es reconocido mediante el Hijo, por los siglos infinitos. Por otra parte, la misma fe por la que uno cree que ha de recibir lo que pide, es una forma de petición.
Si la oración es una ocasión de conversar con Dios, no hemos de dejar pasar ni una sola ocasión de acceder a Dios. Ciertamente, la santidad del adorador ha de estar en sintonía con la divina providencia, mediante una espontánea confesión del don de Dios.
La solícita providencia de Dios, la santidad del adorador, y la recíproca benevolencia del amigo de Dios, son realidades interdependientes.
Dios no hace el bien por necesidad, sino que libremente otorga sus favores a quienes espontáneamente se convierten. La providencia que nos viene de lo alto no es en manera alguna servil, como si actuara en un proceso ascendente de peor a mejor, sino que se ejerce teniendo en cuenta nuestra humana debilidad, como lo hace el pastor con sus ovejas, el rey con sus súbditos y nuestros superiores con quienes les fueron encomendados, de acuerdo con las órdenes recibidas de Dios.
Por tanto, son siervos y adoradores de Dios cuantos le prestan un acatamiento y le rinden un culto obsequioso y verdaderamente regio. Lo cual se realiza mediante una mentalidad recta y mediante el conocimiento.
Act:
02/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()