23 de Junio

Martes XII Ordinario

San León Magno
Tratados, XLIII, 1-4

Oficio, II

         Amadísimos, la doctrina apostólica nos amonesta a que, despojándonos de la vieja condición, con sus obras, nos renovemos de día en día con un estilo de vida santa. Si somos templo de Dios, y el Espíritu Santo es el huésped de nuestras almas (pues "vosotros sois templo de Dios vivo"), hemos de trabajar con gran esmero para que la morada de nuestro corazón no sea indigna de tan gran huésped.

         Así como en las viviendas humanas se provee con encomiable diligencia la inmediata restauración de la infiltración de humedades, la furia de las tormentas, o el paso que los años ha deteriorado, así debemos ejercer una asidua vigilancia para que nada desordenado, o impuro, se infiltre en nuestras almas.

         Si bien es verdad que nuestro edificio no puede subsistir sin la ayuda de su Artífice, y nuestra construcción es incapaz de mantenerse incólume sin la previa protección de su Creador, también es verdad que, siendo nosotros piedras racionales y material vivo, podemos colaborar con nuestro Constructor.

         Por tanto, que la sumisión humana no se sustraiga a la gracia divina, ni renuncie a aquel bien sin el cual no puede ser buena. Si en la práctica de los mandamientos se hallare algo personalmente imposible o muy difícil, que la sumisión humana no se encierre en sí misma, sino recurra al que impone el precepto, pues lo impone precisamente para suscitar el deseo y prestar el correspondiente auxilio, como dice el profeta: "Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará".

         ¿Habrá alguien tan insolente y soberbio que se tenga por inmaculado o inmune, hasta el punto de no necesitar ya de renovación alguna? Una tal persuasión va totalmente descaminada, y encanece, en una insostenible presunción, a todo el que se cree inmune de cualquier caída ante los asaltos de la tentación en la presente vida.

         Ninguna región ni momento alguno escapa a la divina providencia, y el éxito de los negocios seculares no depende del poder de las estrellas (que es nulo), y todo está regulado por la voluntad infinitamente justa y clemente del Rey soberano, pues "las sendas del Señor son misericordia y lealtad".

         No obstante, algunas cosas no suceden a la medida de nuestros deseos. Por ejemplo, debido a un error del juicio humano, la causa del inicuo recibe una solución más satisfactoria que la del justo. Con todo, es realmente difícil, y casi inevitable, que tales eventos no desorienten a los espíritus fuertes, o los induzcan a una murmuración de crítica culpable. De hecho, el mismo David confiesa haberse sentido peligrosamente turbado por tales incongruencias. 

         Ya que son pocos los que poseen una fortaleza tan sólida, que les ponga al abrigo de cualquier perturbación provocada por semejantes discriminaciones, y puesto que no sólo la adversidad, sino incluso la prosperidad corrompe a muchos fieles, es menester que despleguemos una diligente solicitud, a la hora de curar las heridas de que está plagada la humana fragilidad.

 Act: 23/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A