9 de Julio

Jueves XIV Ordinario

San Ambrosio de Milán
Comentario del Salmo 36, LXV

Oficio, II

         Tu corazón debe meditar la sabiduría, y tu lengua proclamar la justicia. En todo momento, oh hombre, siempre debes llevar en el corazón la ley de tu Dios. A continuación, como te recuerda la Escritura, "hablarás de ella estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado". Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque él es la sabiduría y palabra de Dios.

         "Abre tu boca a la palabra de Dios". Por él anhela quien repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos siempre de él. Si hablamos de sabiduría, él es la sabiduría; si de virtud, él es la virtud; si de justicia, él es la justicia; si de paz, él es la paz; si de la verdad o de la vida, él es todo esto.

         "Abre tu boca a la palabra de Dios". Ábrela, sí, que él habla. Esto es lo que te recuerda el salmista ("voy a escuchar lo que dice el Señor") y el mismo Hijo de Dios ("abre tu boca que te la llene"). Por supuesto, no todos pueden percibir la sabiduría en toda su perfección (como Salomón o Daniel), pero sí que todos pueden recibir, según su capacidad, el espíritu de sabiduría, con tal de que tengan fe. Si crees, poseerás el espíritu de sabiduría.

         Medita y habla siempre las cosas de Dios, oh hombre, y hazlo "en medio de su casa". Por la palabra casa podemos entender la Iglesia o nuestro interior, de modo que hablemos en nuestro interior con nosotros mismos.

         Cuando hables, habla con prudencia, y con ello evitarás el pecado. ¿Por qué? Porque si hablas mucho caerás. Habla en tu interior contigo mismo como quien juzga. Habla cuando vayas de camino, háblate a ti mismo y habla a Cristo.

         "Quiero que los hombres recen en cualquier lugar, alzando las manos limpias de iras y divisiones". Habla, oh hombre, cuando te acuestes, no sea que te sorprenda el sueño de la muerte. Es más, así es cómo debes hablar al acostarte: "No daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el fuerte de Jacob".

         Cuando te levantes, piensa en él y así cumplirás lo que se te manda. Si madrugas para Cristo, oirás que tu alma te dice: "Mi amado que llama", y Cristo te responderá: "Ábreme, amada mía". Cuando salgas de casa, ve diciendo por todas partes esto mismo, que es lo que dice la Escritura: "Muchachas de Jerusalén, no vayáis a molestar, no despertéis al amor". El amor es Cristo.

 Act: 09/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A