9 de Agosto

Domingo XIX Ordinario

San Agustín de Hipona
Homilías, LXXVI, 1.4-6.8-9

Introducción

         El evangelio que se nos ha proclamado recoge el episodio de Cristo andando sobre las aguas del mar, y del apóstol Pedro que, al caminar sobre las aguas, y titubeando bajo la acción del temor, dudando se hundía y confiando salió a flote. También nos invita a ver en el mar un símbolo del mundo actual, y en el apóstol Pedro la figura de la única Iglesia.

         En efecto, Pedro en persona (él, el primero en el orden de los apóstoles, y generosísimo en el amor a Cristo), con frecuencia, responde personalmente en nombre de todos. Así, cuando el Señor preguntó quién era él para la gente, los demás apóstoles le informaron sobre las distintas opiniones que circulaban, mas Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". La respuesta la dio uno en nombre de muchos, la unidad en nombre de la pluralidad.

         Contemplando a este miembro de la Iglesia, tratemos de discernir en él lo que procede de Dios y lo que procede de nosotros. De este modo no titubearemos, sino que estaremos cimentados sobre la piedra, y firmes y estables contra los vientos, las lluvias y los ríos (esto es, contra las tentaciones del mundo presente).

         Fijaos, pues, en ese Pedro que era figura nuestra. Unas veces confía, otras titubea; unas veces le confiesa inmortal, y otras teme que muera. Por eso, porque la Iglesia tiene miembros seguros, los tiene también inseguros, y no puede subsistir sin seguros ni inseguros.

         En lo que dijo Pedro ("tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo"), significa a los seguros, mas en el hecho de temblar y titubear (no queriendo que Cristo padeciera, temiendo la muerte y no reconociendo la Vida) significa a los inseguros.

         Así pues, en aquel Pedro, el primero y principal entre los apóstoles, en el que estaba prefigurada la Iglesia, debían estar representados ambos tipos de fieles (los seguros y los inseguros), ya que sin ellos no existe la Iglesia.

         Éste es también el significado de lo que se nos acaba de leer: "Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua". A una orden del Señor, Pedro caminó efectivamente sobre las aguas, consciente de no poder hacerlo por sí mismo. Pudo la fe sobre lo que la humana debilidad era incapaz de hacer, y representó a los seguros de la Iglesia. Ordénelo el Dios hombre, y el hombre podrá lo imposible.

         Ven, le dijo Jesús. Y Pedro bajó y echó a andar sobre las aguas, porque lo había ordenado la piedra. He aquí de lo que Pedro es capaz en nombre del Señor, mas ¿qué es lo que puede por sí mismo?

         Por sí mismo, al sentir la fuerza del viento, a Pedro le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: "¡Señor, sálvame, que me hundo!". Confió en el Señor y pudo en el Señor; titubeó como hombre y retornó al Señor. En seguida Jesús extendió su diestra, agarró al que se estaba hundiendo, e increpó al desconfiado: "¡Qué poca fe!".

         Considerad al mundo, hermanos, como si fuera el mar, lleno de viento huracanado y tempestad violenta. Para cada uno de nosotros, sus pasiones son su tempestad. Ama a Dios y andarás sobre el mar, y bajo tus pies rugirá el oleaje del mundo. Ama al mundo y el mar te engullirá, pues sabe devorar (más que soportar) a sus adoradores.

         Cuando al soplo de la concupiscencia fluctúe tu corazón, vence tu sensualidad invocando a Dios. Y si tu pie vacila, o titubeas, o hay algo que no logras superar, o empiezas a hundirte, di: "¡Señor, sálvame, que me hundo!". Sólo te librará de la muerte de la carne, el que en la carne murió por ti.

 Act: 09/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A