18 de Junio

Jueves XI Ordinario

San Fulgencio de Ruspe
Contra Fabiano, XXVIII, 16-19

Oficio, II

         El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía". Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía". Por eso, "cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva".

         Nuestro sacrificio, por tanto, se ofrece para proclamar la muerte del Señor, y para reavivar la memoria de Aquel que por nosotros entregó su propia vida.

         "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". Dado que Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte pedimos que nos comunique el amor, aquel que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros. ¿Para qué? Para que sea infundido en nuestros propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y nosotros sepamos vivir crucificados para el mundo.

         Hermano, igual que Cristo "murió al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios", también nosotros debemos "andar en una vida nueva" y, "muertos para el pecado, vivir para Dios".

         "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado", y la participación del cuerpo y sangre de Cristo, cuando comemos el pan y bebemos el cáliz, nos lo recuerda. Los cristianos debemos morir al mundo y tener nuestra vida escondida con la de Cristo en Dios, crucificando nuestra carne con sus concupiscencias y pecados.

         Todos los fieles que aman a Dios y a su prójimo, aunque no lleguen a beber el cáliz de una muerte corporal, deben beber el cáliz del amor del Señor. Embriagados con ese cáliz, los fieles mortificarán sus miembros en la tierra y no se entregarán ya a los deseos y placeres de la carne, ni vivirán dedicados a los bienes visibles sino a los invisibles.

         De embriagarse los cristianos con ese cáliz, el cáliz del Señor, alimentarán con él la caridad. Sin ésta, aunque haya quien entregue su propio cuerpo a las llamas, de nada le aprovechará. Con ella, en cambio, llegamos a convertirnos realmente en aquello mismo que sacramentalmente celebramos en el sacrificio eucarístico.

 Act: 18/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A