16 de Junio
Martes XI Ordinario
San Agustín de Hipona
Comentario del Salmo 126, II-III
Oficio, II
"Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles". El Señor es, por tanto, quien construye la casa, quien construye su propia casa. Muchos son los que trabajan en la construcción, mas si él no construye "en vano se cansan los albañiles".
¿Quiénes son los que trabajan en esta construcción? Son éstos: todos los que predican la palabra de Dios en la Iglesia, y dispensan los misterios de Dios. Todos nos esforzamos, todos trabajamos, todos construimos, y también antes de nosotros trabajaron y construyeron otros, mas si "el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles".
Los apóstoles, y más en concreto Pablo, al ver que algunos se desmoronaban, les dijo: "Respetáis los días, meses, estaciones y años, pero me hacéis temer que mis fatigas por vosotros hayan sido inútiles". Así, el apóstol temía haber trabajado inútilmente.
Por tanto, nosotros hablamos desde el exterior, pero es Cristo quien edifica desde dentro. Nosotros podemos saber cómo escucháis, pero cómo pensáis sólo puede saberlo aquel que ve vuestros pensamientos. Es él quien edifica, quien amonesta, quien amedrenta, quien abre el entendimiento, quien os conduce a la fe;. Nosotros tan sólo cooperamos como operarios, y "si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles".
La casa de Dios es el pueblo de Dios, pues ¿qué es lo que dice el apóstol? Esto mismo: que "el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros". Todos los fieles son la casa de Dios, y no sólo los fieles presentes sino también los que nos precedieron y ya han muerto, y todos los que vendrán después hasta el fin del mundo. Todos son fieles congregados por una sola realidad, cuyo número es sólo conocido por Dios, según recuerda el apóstol: "El Señor conoce a los suyos".
Los granos que ahora gimen están destinados a formar un único montón, cuando al final de los tiempos la parva haya sido aventada. Así pues, toda la multitud de los fieles, que está a la espera de ser transformados de hombres en ángeles de Dios, y aguarda a que nosotros regresemos de nuestra peregrinación... todos juntos constituimos la única casa de Dios, una sola ciudad.
Esa ciudad es Jerusalén, y posee centinelas. Así como tiene albañiles que se afanan en su construcción, así también posee centinelas. A estos centinelas se refiere el apóstol cuando dice: "Me temo que, igual que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se pervierta vuestro modo de pensar y abandone la entrega y fidelidad a Cristo".
El apóstol, pues, era el primero en vigilar, en la medida de sus posibilidades, sobre aquellos a cuyo frente estaba. Lo mismo hacen los obispos, y por un único motivo están colocados en un lugar más eminente: para sobrevelar y proteger al pueblo.
¿Cómo, entonces, ejercemos nuestro oficio de centinelas? Así mismo: como hombres. Es decir, en la medida de nuestras posibilidades y en la medida en que nos es dado. Nos esforzamos en nuestra misión de guardianes, mas nuestro esfuerzo sería inútil si no nos guardara Aquel que ve los pensamientos. Él nos guarda cuando estamos despiertos y dormidos, pues "no duerme ni reposa el guardián de Israel".
¡Animo, hermanos! Si deseamos escondernos a la sombra de las alas de Dios, seamos Israel. Los obispos velamos sobre los fieles como exigencia de nuestro oficio, pero todos necesitamos ser custodiados por Jesucristo. Ante vosotros desempeñamos el oficio de pastores, pero también somos ovejas de aquel Pastor que a todos cuida. Desde esta cátedra os hablamos como maestros, pero también somos condiscípulos vuestros en la escuela del único Maestro.
Act:
16/06/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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