20 de Junio
Sábado XI Ordinario
San Agustín de Hipona
Comentario del Salmo 146, IV-VI
Oficio, II
"El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel". Ved al Señor reconstruyendo Jerusalén y reuniendo a los deportados de su pueblo, porque pueblo es Jerusalén y pueblo es Israel. Existe una Jerusalén eterna en los cielos, en la que los ángeles son ciudadanos. Todos los ciudadanos de aquella ciudad gozan de la visión de Dios, y para ellos el espectáculo es Dios mismo. Gozan en aquella ciudad grande, espaciosa y celeste.
En cuanto a nosotros, vivimos desterrados de aquella ciudad. Vivimos expulsados por el pecado, y gimiendo bajo la carga de la mortalidad. No obstante, Dios se fijó en nuestro destierro, y él restaurará la parte derrumbada. ¿Que cómo la restaurará? Así mismo: "Reuniendo a los deportados de Israel".
En efecto, cayó una parte de nuestra ciudad, y la otra se convirtió en peregrina. Dios la miró con misericordia, y salió en busca de sus ciudadanos. ¿Cómo los buscó? Así mismo: enviando al Redentor, según lo que dice el apóstol: "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros". Envió Dios a nuestro cautiverio, pues, a su Hijo.
"Lleva contigo la alforja, y mete en ella el precio de los cautivos". Efectivamente, Cristo se revistió de la mortalidad de la carne, en la que estaba la sangre, cuya efusión nos redimió. Con aquella sangre empezó a reunir a los deportados de Israel.
Si Cristo reúne a los dispersos, ¿qué solicitud no deberemos desplegar nosotros, para que se congreguen los dispersos? Y si los dispersos fueron reunidos para entrar a formar parte del edificio, ¿cómo no deberán ser recogidos quienes, por impaciencia, cayeron en mano del Artífice? El Señor "reconstruye Jerusalén", y a éste es a quien alabamos y debemos alabar toda nuestra vida.
"El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel". ¿Cómo los reúne? ¿Qué hace para reunirlos? Esto mismo: "Él sana los corazones destrozados". Fíjate cómo se reúne a los deportados de Israel para sanar a los de corazón destrozado. Él sana, pues, a los de corazón humillado, a los que confiesan sus culpas, a quienes se juzgan a sí mismo con severidad, con el fin de hacerse capaces de experimentar su misericordia.
A estos tales, Dios los sana. No obstante, la total recuperación de la salud sólo se efectúa una vez que se haya superado la mortalidad, cuando "lo corruptible se haya vestido de incorrupción" y "lo mortal se haya vestido de inmortalidad". Es decir, cuando ya no exista ninguna debilidad de la carne que nos incite o sugestione el consentimiento.
El cuerpo, dice el apóstol, "está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia". Así pues, "si el Espíritu de Jesús habita en nosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros". Esta es la garantía que ha recibido nuestro espíritu, a fin de que comencemos a servir a Dios en la fe y, por la fe, seamos denominados justos, ya que "el justo vive de fe".
Todo lo que de momento lucha contra nosotros, y nos opone resistencia, es un producto derivado de la mortalidad de la carne. No obstante, Dios "vivificará nuestros cuerpos mortales". Para esto nos dio las arras, para obligarse a cumplir lo prometido.
¿Qué puede hacer Dios mientras tanto, todavía en vida, cuando todavía somos confesores y aún no poseedores? ¿Qué hará en esta vida? Esto mismo: "Él sana los corazones destrozados".
Con todo, la total recuperación de la salud no se efectuará hasta el momento que dijimos. Y ahora, ¿qué? Esto mismo: "Él venda las heridas", que es como si dijera: El que sana los corazones destrozados, cuya total recuperación no se efectuará hasta la resurrección de los justos, de momento venda las heridas.
Act:
20/06/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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