2 de Agosto
Domingo XVIII Ordinario
Balduino de Canterbury
Sobre el Sacramento del Altar, II, 3
Introducción
El que me come tendrá más hambre, el que me bebe tendrá más sed. Efectivamente, éstas no son las palabras del Señor, mas en la actualidad, Cristo, sabiduría del Padre, no es manducado hasta la saciedad del deseo, sino hasta el deseo de la saciedad. Y cuanto más se saborea su suavidad, tanto más se agudiza el deseo. Por esta razón, bien pudo decir: Los que me comen tendrán más hambre, hasta que llegue la hartura. Pero cuando sacie de bienes sus anhelos, entonces ya no pasarán hambre ni sed.
Por otra parte, las palabras que os digo (el que me come tendrá más hambre, el que me bebe tendrá más sed), también entenderse de la vida futura, pues existe en aquella eterna saciedad una especie de avidez, producto no de la indigencia sino de la felicidad, de modo que desean siempre comer quienes nunca quieren comer ni nunca sienten náuseas en la hartura. Existe, en efecto, una saciedad sin fastidio, y un deseo sin suspiros.
Cristo, en su dignidad, es siempre admirable, y siempre es deseable. Son cosas que los ángeles ansían penetrar. Por eso, cuando se le tiene se le desea, y cuando se le posee se le busca, como está escrito: "Buscad continuamente su rostro". Pues se busca siempre a quien se le ama, para poseerle siempre. Por ello, incluso los que lo encuentran siguen buscándolo, y los que lo comen tienen más hambre, y los que lo beben tienen más sed.
No obstante, se trata de una búsqueda sin ansiedad, y de un hambre que elimina cualquiera otra hambre, y de una sed que apaga cualquier otra sed. Y no como fruto de la indigencia, sino de una felicidad consumada. De la necesidad que es fruto de la indigencia se dice: "El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed". En cambio, de la que es producto de la felicidad se dice: El que me come tendrá más hambre, el que me bebe tendrá más sed.
Para los que creen en él, Cristo es alimento y bebida, pan y vino. Pan cuando vigoriza y da fuerzas, vino cuando alegra. Todo cuanto en nosotros hay de fuerte, sólido y firme, de alegre y agradable, en el cumplimiento de los mandamientos de Dios, o en soportar los males, o en la ejecución de la obediencia, o en la defensa de la justicia... todo eso es vigor y firmeza de este pan, o la alegría de esta bebida.
¡Dichosos los que obran alegre y varonilmente! Y como nadie es capaz de hacer esto por solas sus fuerzas, dichosos los que desean con avidez practicar lo que es justo y honesto, y ser en todo confortados y regocijados por aquel que dice: "Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia". Si Cristo es pan y es bebida, en la medida de la presente fortaleza y alegría de los justos, ¿cuánto más no lo será en el futuro, en la medida en que entonces será de los justos?
Act:
02/08/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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