19 de Julio
Domingo XVI Ordinario
San Juan Crisóstomo
Homilías sobre Mateo, XLVI, 2-3
Introducción
El reino de los cielos se parece a la levadura, que una mujer "amasa hasta que todo fermenta". Es lo que nos dice hoy Jesús, así que, lo mismo que la levadura hace fermentar toda la masa, así vosotros convertiréis el mundo entero. Por tanto, no me digáis ¿qué podemos hacer doce hombres perdidos entre una tan gran muchedumbre?
El mero hecho de que no rehuyáis mezclaros con las multitudes, hace inmensamente más espléndida vuestra eficacia. Y lo mismo que la levadura hace fermentar la masa cuando se la aproxima a la harina, y no cuando tan sólo se la aproxima, sino cuando se la aproxima tanto que se mezcla con ella (pues Jesús no sólo dijo que puso, sino que amasó), así también vosotros, aglutinados y unidos con vuestros impugnadores, acabaréis por superarlos.
Lo mismo que la levadura queda envuelta en la masa, pero no perdida en ella, y paulatinamente va inyectando su virtualidad a toda la masa, exactamente igual sucederá en la predicación. Así pues, no tenéis por qué temer si os he predicho muchas tribulaciones, pues de esta forma resaltará más vuestro temple y acabaréis superándolo todo.
Cristo es quien da a la levadura evangélica esa virtud. Por eso, a los que creían en él los mezcló con la multitud, para que comunicaran a los demás nuestra comprensión. Que nadie se queje, pues, de su pequeñez, pues el dinamismo de la predicación es enorme, y lo que una vez ha fermentado, se convierte en fermento para los demás.
Así como una chispa cae sobre la leña y prende en ella, y la convierte en llamas que pronto prende fuego a otros troncos, exactamente ocurre con la predicación. Sin embargo, Jesús no habló de fuego, sino de levadura. ¿Por qué? Porque en el primer caso no todo procede del fuego, sino también de la leña. En cambio, la levadura lo hace todo por su misma virtualidad.
Si doce hombres hicieron fermentar toda la tierra, piensa cuán grande no será nuestra maldad, pues siendo tan numerosos, no conseguimos convertir a los que todavía quedan, pudiendo fermentar a mil mundos.
Me dirás que ellos eran apóstoles. Y nosotros, ¿qué somos? ¿Es que ellos no participaban de tu misma condición? ¿No vivían en las ciudades? ¿Es que disfrutaron de las mismas cosas que tú? ¿No ejercieron sus oficios? ¿Eran acaso ángeles? ¿Acaso bajaron del cielo?
Me replicarás que ellos hicieron milagros. ¿Hasta cuándo echaremos mano del pretexto de los milagros para encubrir nuestra apatía? ¿Qué milagros hizo Juan, cuando tuvo pendientes de sí a tantas ciudades? Ninguno, como atestigua el evangelista. Juan no hizo ningún milagro.
Y el mismo Cristo, ¿qué es lo que decía al dar normas a sus discípulos? ¿Haced milagros para que los hombres los vean? En absoluto. Entonces, ¿qué es lo que les decía? Esto mismo: "Alumbre vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre". ¿Ves cómo es necesario que, en todas partes, la vida sea buena, y esté llena de buenas obras? Pues por sus frutos, dice Jesús, los conoceréis.
Act:
19/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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