6 de Septiembre
Domingo XXIII Ordinario
San León Magno
Homilías, XCII, 1-3
Oficio, II
Dice el Señor: "Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos". Esta superioridad de nuestra virtud ha de consistir en que la misericordia triunfe sobre el juicio.
Dios ha establecido la reparación y santificación de los creyentes en el perdón de los pecados, prescindiendo de la severidad del castigo y de cualquier suplicio. Así, de reos nos ha convertido en inocentes, y ha hecho que la abolición del pecado en nosotros fuera el origen de las virtudes.
La virtud cristiana puede superar a la de los escribas y fariseos no por la supresión de la ley, sino por no entenderla en un sentido material. Por eso el Señor, al enseñar a sus discípulos la manera de ayunar, les dice: "Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga".
¿Qué paga, han recibido éstos, sino la paga de la alabanza de los hombres? En efecto, por el deseo de esta alabanza se exhibe muchas veces una apariencia de virtud y se ambiciona una fama engañosa, sin ningún interés por la rectitud interior. Así, lo que no es más que maldad escondida se complace en la falsa apreciación de los hombres.
El que ama a Dios se contenta con agradarle, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor. El amor viene de Dios, pues "Dios es amor". El alma piadosa e íntegra busca en ello su plenitud, y no desea otro deleite, pues "donde está tu tesoro, allí está tu corazón". El tesoro del hombre viene a ser como la reunión de los frutos recolectados con el esfuerzo.
Como hay muchas clases de riquezas, y diversos objetos de placer, el tesoro de cada uno viene determinado por la tendencia de su deseo. Si este deseo se limita a los bienes terrenos, no hallará en ellos la felicidad, sino la desdicha. En cambio, los que ponen su tesoro en las cosas del cielo, y no en las perecederas, alcanzarán una riqueza incorruptible, aquella a la que se refiere el profeta cuando dice: "La sabiduría y el saber serán su refugio salvador, y el temor del Señor será su tesoro".
La sabiduría divina hace que los bienes terrenales se conviertan en celestiales, cuando muchos convierten sus riquezas, ya sea legalmente heredadas o adquiridas de otro modo, en instrumentos de bondad. Los que reparten lo que les sobra, para sustento de los pobres, se ganan con ello una riqueza imperecedera. Lo que dieron en limosnas les ha negociado a ellos un tesoro lleno de riquezas, sin temor a perderlas.
"Lo que uno siembre, eso cosechará", y cual sea el trabajo de cada uno, tal será su ganancia; y donde ponga el corazón su deleite, allí queda reducida su solicitud.
Act:
06/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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