10 de Septiembre
Jueves XXIII Ordinario
San Clemente de Alejandría
Discurso a los Paganos, I
Oficio, II
El Señor se compadece, castiga, exhorta, amonesta, conserva, guarda y promete, según la doctrina que nos ha enseñado, y en una sobreabundancia de generosidad, el reino de los cielos, sin exigir de nosotros otro fruto que el de la propia conversión.
El vicio se ceba en la destrucción del hombre, mientras que la verdad, que cual abeja inocua se posa en las cosas, sólo se alegra de la felicidad de los hombres. ¿Estás de acuerdo, no? Pues bien, si conoces lo que se promete, conoce también con qué afecto ama Dios al género humano. Por tanto, acércate y participa de esta gracia.
Ahora bien, no has de considerar todo esto como algo nuevo, como se llama nuevo un objeto o una casa. De hecho, Cristo fue engendrado antes de la aurora de los siglos, y "en el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios".
En cierto sentido, también nosotros somos anteriores a la creación del mundo, en cuanto que preexistíamos en Dios en razón de nuestra futura creación. Somos, pues, criaturas racionales del Verbo divino (es decir, de la inteligencia divina), y por él somos llamados primeros, puesto que "en el principio ya existía la Palabra".
Esta Palabra, o Verbo de Dios, ya existía antes de ser echados los cimientos del mundo. Es más, él mismo fue el divino principio de todas las cosas, y lo sigue siendo. Es más, en los últimos tiempos quiso asumir el venerable nombre de Cristo, considerado ya antiguamente como santo y que yo lo llamo nuevo.
Este Verbo de Dios, o Cristo, no sólo fue causa de nuestra preexistencia, sino también de nuestra existencia feliz. En los últimos tiempos se manifestó a los hombres como el único que es a la vez Dios y hombre. Por él, y enseñados por él a vivir rectamente, somos reexpedidos a la vida eterna.
Como dice aquel divino apóstol del Señor, "ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación a todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida impía, y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa de nuestro Señor Jesucristo".
En conclusión, lo nuevo es aquel ancestral Verbo de Dios, que "existía en el principio", que "estaba junto a Dios" y "por medio del cual se hizo todo". Él se manifestó en la condición de nuestra carne, y en la condición de maestro. Él fue el artífice del mundo, en la primera creación, y él será el artífice de la vida eterna. A ella nos llama ya a participar, si seguimos la norma del bien vivir.
Act:
10/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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