30 de Agosto
Domingo XXII Ordinario
San Pablo
Carta I a Timoteo 5, 3-25
Oficio, I
Querido hermano, el subsidio de viudas dáselo a las viudas de verdad. Si una viuda tiene hijos o nietos, que éstos aprendan su deber para con su propia familia, y correspondan por lo que han recibido de sus progenitores. Es más, la fiel que tenga viudas en su familia, que las asista ella misma, para que la Iglesia no esté sobrecargada y pueda asistir a las realmente viudas.
La viuda de verdad, la que está sola en el mundo, tiene su esperanza puesta en Dios, y se dedica a las súplicas y a las oraciones, de día y de noche. En cambio, la de malas costumbres, aunque esté en vida, está muerta. Insiste en esto: en que sean irreprochables. La que no mira por los suyos, ni por los de su familia, ha renegado de la fe y es peor que un incrédulo.
Para que una viuda sea inscrita en el grupo de viudas hace falta: que sea mayor de 60 años, que se haya casado una sola vez y que esté acreditada por sus buenas obras. Es decir, por haber educado a los hijos, haber dado hospitalidad, haber lavado los pies a los santos, haber asistido a los atribulados y haber practicado toda clase de buenas obras.
A las viudas jóvenes no las apuntes, pues por su sensualidad quieren casarse otra vez y se ven condenadas por haber roto su compromiso anterior. Además, se acostumbran a ir de casa en casa sin hacer nada, chismorreando y metiéndose en todo, hablando de lo que no conviene. Algunas se han descarriado, siguiendo a Satanás.
Los presbíteros que dirigen bien merecen doble honorario, sobre todo los que se atarean predicando y enseñando, como recuerda la Escritura: "No le pondrás bozal al buey que trilla", y: "El obrero merece su jornal". No admitas una acusación contra un presbítero, a menos que esté apoyada por dos o tres testigos. A los que pequen repréndelos públicamente, para que los demás escarmienten.
Por Dios, por Jesucristo, y por los ángeles elegidos, te pido encarecidamente que observes estas normas presbiterales, excluyendo todo prejuicio y sin ser parcial en nada. A ninguno le impongas las manos a la ligera, ni te hagas cómplice de pecados ajenos. Los pecados de algunos son tan manifiestos que van antes que ellos al juicio. Los de otros, en cambio, salen a relucir después. De igual manera, las buenas obras no pueden quedar ocultas.
Act:
30/08/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()