18 de Septiembre
Viernes XXIV Ordinario
San
Agustín de Hipona
Epistolario, CXXX, XIV,27-XV,28
Oficio, II
Quien pide al Señor aquella sola cosa que he mencionado (es decir, la vida dichosa de la gloria), y esa sola cosa busca, éste pide con seguridad y certeza, y no puede temer que algo le sea obstáculo para conseguir lo que pide, pues sabe que, sin aquello, nada le aprovecharía.
Esta es la única vida verdadera y feliz: contemplar eternamente la belleza del Señor, en la inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo y del espíritu. En razón de esto nos son necesarias todas las demás cosas, y en razón de ello pedimos las demás cosas. Quien posea esta vida poseerá todo lo que desee, y allí nada podrá desear que no sea conveniente.
Allí está la fuente de la vida, cuya sed debemos avivar en la oración, mientras vivimos aún aquí. Aquí vivimos sin ver lo que esperamos, "a la sombra de sus alas" y con la certeza de "nutrirnos de lo sabroso de su casa y de beber del torrente de sus delicias", porque "en él está la fuente viva, y su luz nos hará ver la luz". Allí, todos nuestros deseos quedarán saciados con sus bienes, y ya nada tendremos que pedir gimiendo, pues todo lo poseeremos gozando.
Como sólo allí está aquella paz que sobrepasa toda inteligencia, aquí no sabemos pedir lo que conviene. ¿Por qué? Porque no podemos imaginar cómo es esta paz, y cualquier cosa que se nos presente al pensamiento estará lejos de la realidad, y seguiremos ignorando lo que buscamos.
Hay en nosotros, para decirlo de algún modo, una docta ignorancia. Docta por el Espíritu de Dios, que "viene en ayuda de nuestra debilidad", e ignorancia porque el apóstol dice que "no sabemos pedir lo que nos conviene". El Espíritu Santo, por tanto, incita a los santos a que intercedan con gemidos inefables. ¿Por qué? Ciertamente, porque si ignorásemos del todo lo que deseamos, no lo desearíamos.
Act:
18/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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