18 de Octubre

Domingo XXIX Ordinario

San Lorenzo de Brindisi
Homilías Dominicales, XXII, 2-4.6

Introducción

         En el evangelio de hoy se plantean dos interrogantes: el que los fariseos plantean a Cristo, y, el que Cristo plantea a los fariseos. Aquél es totalmente terreno, y éste es enteramente celestial y divino. Aquél es producto de una supina ignorancia y de una refinadísima malicia, y éste de la suprema sabiduría y de la suma bondad.

         "¿De quién son esta cara y esta inscripción?", les preguntó Jesús. Le respondieron: "Del césar". Y Jesús les dijo: "Pues dad al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios". Hay que dar a cada uno lo suyo; ésta es la sentencia realmente llena de celestial sabiduría y doctrina.

         Enseña Jesús con ello que existe una doble esfera de poder: una terrena y humana, y otra celestial y divina. Enseña también que se nos exige una doble obediencia, y que hemos de observar tanto las leyes humanas como las divinas, y que hemos de pagar un doble impuesto: uno al césar y otro a Dios. Al césar el denario (que lleva grabada la cara y la inscripción del césar), y a Dios lo que lleva impresa su imagen y semejanza, como bien recuerda la Escritura: "La luz de tu rostro está impresa en nosotros".

         El hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios, luego tú, oh hombre, eres ciertamente la moneda del impuesto divino, eres el denario que lleva grabada la efigie y la inscripción del divino emperador. Por eso te pregunto yo: ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Me respondes: De Dios. Y yo te replico: ¿Por qué, pues, no le devuelves a Dios lo que es suyo?

         Si realmente queremos ser imagen de Dios, es necesario que seamos semejantes a Cristo, porque él es, por excelencia, la imagen de la bondad de Dios y la impronta de su ser. A los que había escogido, Dios "los predestinó a ser imagen de su Hijo".

         Por su parte, Cristo pagó realmente al césar lo que era del césar, y a Dios lo que es de Dios, observando a la perfección las dos losas de la ley divina. Por eso se rebajó hasta "someterse incluso a la muerte", y estuvo perfectamente dotado de todas las virtudes tanto internas como externas.

         Brilla hoy en Cristo una suma prudencia, con la cual sorteó los lazos de los enemigos, dándoles una prudentísima y sapientísima respuesta. Brilla también en él la justicia, con la cual nos enseña a "dar a cada uno lo suyo" (pagando el impuesto y dando, por él y por Pedro, un didracma). Brilla en él la fortaleza del alma, con la cual enseñó libremente la verdad (es decir, que debía pagarse al césar el impuesto, sin temer a los judíos si se sentían vejados por ello).

         Éste es el camino de Dios, que Cristo enseña conforme a la verdad. Así pues, el que en la vida, en las costumbres, y en las virtudes, se asemeja y conforma a Cristo, ése representa de verdad la imagen de Dios. La restauración de esta divina imagen consiste en una perfecta justicia: devolver al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios. A cada cual lo suyo.

 Act: 18/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A