22 de Octubre
Jueves XXIX Ordinario
San Cirilo de Alejandría
Comentario de Isaías, IV, 2
Oficio, II
El mismo término Iglesia connota ya una pluralidad de personas que creen en Cristo, incluyendo ministros y pueblo, pastores y doctores, fieles y súbditos. Todos éstos fueron a su debido tiempo renovados en Cristo, cuando el Señor brilló en sus corazones y fueron conducidos a una novedad de vida, de costumbres, de instituciones y de culto.
En ese momento nos despojamos del inveterado hábito de pecar, y en Cristo nos convertimos en una criatura nueva, iniciados en su pedagogía y conducidos a una conducta noble y amable, como el sapientísimo Pablo recuerda al decir: "Despojaos de la vieja condición humana y revestíos de la nueva condición", y: "No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente". Nos habla también de crucificar nuestra vieja condición humana, para revestirnos de la nueva mediante una vida en Cristo.
Unos (los seguidores del culto judío) abandonaron las sombras y las figuras, y en lo sucesivo ya no recurrirán a las víctimas de toros y del incienso, sino a fragantísimos sahumerios espirituales e inmateriales. Otros (los reclutados de entre las multitudes paganas) pasaron a ritos mejores, a aquellos sin confrontación y llenos de elevación y excelencia.
Hermanos, ya no tenemos que soportar la antigua opacidad de la mente, pues hemos recibido la divina e inteligible iluminación, y ya somos verdaderos adoradores. Dejemos de adorar a la criatura, aparquemos la materia muda e insensible, renunciemos a las adivinaciones y encantamientos. Por decirlo de una vez, dejemos las costumbres repugnantes y las pasiones execrables, y adornémonos de todas las virtudes, como expertos en la doctrina de la verdad. Esta renovación nos atañe a todos, como nuevas criaturas en Cristo.
El Dios del universo ha prometido que salvará tanto a los que son hijos de Abraham según la carne como a los que son hijos de Abraham según la promesa, a fin de que se abstengan de acciones indecorosas de forma permanente.
Depuesto en Cristo el profano pecado, desatado el yugo de la diabólica tiranía, habiendo repudiado al mismo tiempo la corrupción, y habiéndonos revestido de la incorrupción, permaneceremos para siempre en estas condiciones.
Cuando esto suceda, el pecado ya no nos insultará más, ni Satanás podrá someternos más a la antigua tiranía. El imperio de la muerte será enteramente subvertido, y estará sometido para siempre a Cristo, por quien y con quien le sea dado a Dios Padre la gloria y el poder, juntamente con el Espíritu Santo por siglos eternos.
Act:
22/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()