11 de Octubre

Domingo XXVIII Ordinario

San Agustín de Hipona
Homilías, XC, 1.5-6

Introducción

         Todos los fieles conocen la parábola de las bodas del hijo del rey y su banquete, así como la magnificencia de la mesa del Señor, dispuesta para quienes tengan la voluntad de gustarla. En dicha parábola, cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?".

         Indaguemos, hermanos míos, quienes de entre los fieles tienen algo que no tienen los malos, y ése será el "traje de fiesta". Si dijéramos que son los sacramentos, ya veis que son comunes a buenos y malos.

         ¿Quizás el bautismo? Sin el bautismo, en efecto, nadie llega a Dios; pero no todo el que ha recibido el bautismo llega a Dios. En consecuencia, no puedo entender por "traje de fiesta" el bautismo, pues este traje lo llevan puesto tanto los buenos como los malos.

         ¿Podría ser el altar o lo que se recibe en el altar? Tampoco, pues vemos que muchos comen, pero comen y beben su propia sentencia.

         ¿De qué traje se trata, pues? ¿Del ayuno? No, porque también ayunan los malos. ¿De la asistencia a la Iglesia? Tampoco, porque también acuden los malos.

         ¿Cuál es, pues, el "traje de fiesta" que pide Dios? Éste mismo, según dice el apóstol: "Aquel que tiene por objeto el amor, que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera". Éste es el traje de fiesta.

         Con todo, este amor no es un amor cualquiera, pues muchas veces se aman incluso personas con mala conciencia. El amor que Dios quiere es el que brota "del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera". Un amor así es el traje de fiesta.

         Dice el apóstol: "Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, que si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía, y conocer todos los secretos y todo el saber. Podría tener fe como para mover montañas, mas si no tengo amor no soy nada". Es decir, ya podría tener todo esto, que si no tengo a Cristo, no soy nada.

         Entonces, ¿la profecía no sirve para nada? ¿Y el conocimiento de todos los secretos es inútil? No es que estas cosas no sean nada, sino que soy yo el que no soy nada si, poseyendo esos carismas, no tengo amor. ¡Cuántos bienes no sirven de nada si falta el único Bien!

         Si no tengo amor, como dice Pablo, "aunque repartiese cuantiosas limosnas a los pobres, y aunque llegase a dejarme quemar vivo", estas cosas pueden también llevarse a cabo por amor a la gloria, y estar en consecuencia desprovistas de valor salvífico.

         La vanagloria puede hacer estériles acciones, pues, que la divina caridad haría fecundas. Por eso, el mismo apóstol enumera dichas acciones, que tú puedes escuchar: "Podría repartir en limosnas todo lo que tengo, y aun dejarme quemar vivo". En definitiva, "si no tengo amor, de nada me sirve". Éste es el traje de fiesta. 

         Examinad, pues, hermanos, si tenéis este amor. De ser así, entrad tranquilos al banquete del Señor.

         Todo traje de fiesta tiene como finalidad honrar la unión conyugal entre el esposo y de la esposa. Conocéis al esposo, que es Cristo. Conocéis a la esposa, que es la Iglesia. Honrad, pues, a la esposa, honrad al esposo. Si os mostráis obsequiosos con los desposados, os convertiréis en hijos suyos.

         En esto es en lo que habéis de progresar. Amad al Señor, y así aprenderéis a amaros a vosotros mismos. De suerte que si al amar al Señor os amarais a vosotros mismos, podréis con toda seguridad amar al prójimo como a vosotros mismos.

 Act: 11/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A