13 de Octubre

Martes XXVIII Ordinario

Nicolás Cabasilas
Sobre la Vida Cristiana, I, 502-503

Oficio, II

         Según se desprende de cuanto llevo dicho, la vida en Cristo no es sólo un deseo que se hará realidad en el más allá, sino que está ya presente para los cristianos, y en quienes viven según ella y a ella ajustan su comportamiento.

         Seguidamente expondré los motivos por los que se nos concede vivir de tal modo, y por qué Pablo habla de "andar en una vida nueva". Explicaré también cómo Cristo se une y se adhiere a los que se portan de este modo, y cuál es el nombre que hemos de dar a esta realidad.

         De este plan de acción, parte depende de Dios y parte se adjudica a nuestra diligencia. La primera es obra exclusivamente suya, y la segunda requiere un denodado esfuerzo por nuestra parte, apoyados en la gracia y en la medida en que no malversamos el tesoro, ni extinguimos la lámpara ya encendida.

         Todo bien y toda virtud humana se ordena a esto: a que nadie vuelva la espada contra sí mismo, ni ponga en fuga la felicidad, ni deponga la corona de su cabeza. Cristo mismo en persona es quien siembra todo esto en nuestras almas, como esencia propia de la vida.

         Cristo está realmente presente, y fortalece aquellos principios vitales que él nos trajo con su venida. Está presente, mas no porque comulga con nosotros y toma parte en nuestra diaria convivencia, sino de un modo mucho mejor y más perfecto, gracias al cual nos convertimos en miembros suyos.

         Así como no hay lengua capaz de expresar la bondad que impulsó a Cristo a amar a los enemigos, y colmarlos de inmensos beneficios, así también su presencia y beneficencia en sus amigos es digna de admiración y maravillas exclusivas. En efecto, los sagrados misterios son los que hacen, como dice Pablo, que "en él vivamos, nos movamos y existamos".

         Por ejemplo, el bautismo nos da la oportunidad de subsistir eternamente, e introduce en la vida a los que yacen en la muerte y en la perdición. Por su parte, la santa unción perfecciona y completa al neonato, comunicándole las energías propias de esta vida. Finalmente, la eucaristía conserva a los renacidos y los mantiene vivos.

         En resumidas cuentas, por el bautismo venimos a la existencia, por la eucaristía vivimos, por la unción nos movemos. De esta suerte, vivimos en este mundo visible una vida invisible, y no precisamente mudando de lugar sino cambiando de vida y de modo de vivir.

         Por estos santos misterios, como por otras tantas ventanas, penetra en este tenebroso mundo ese Sol de Justicia que da muerte a la vida mundana y nos excita a la vida celestial, a la par que dice: "Yo he vencido al mundo". En un cuerpo frágil y mortal, él ha injertado una vida estable y eterna.

 Act: 13/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A