23 de Septiembre

Miércoles XXV Ordinario

San Agustín de Hipona
Confesiones, X, XXXIV

Oficio, II

         ¡Oh luz!, luz que Tobit veía cuando, ciegos los ojos de la carne, mostraba a su hijo el camino de la vida y lo precedía con el pie de la caridad, que jamás se equivoca. ¡Oh luz!, luz que veía Isaac cuando, con los ojos carnales cansados y velados por la vejez, mereció bendecir a sus hijos sin conocerlos y conocerlos al bendecirlos.

         ¡O luz!, luz que veía Jacob cuando, aquejado por sus muchos años, casi no veía, y proyectó los rayos de su corazón luminoso sobre las generaciones del futuro pueblo (prefiguradas en sus hijos), e impuso sobre sus nietos (los hijos de José) las manos místicamente cruzadas, no en el sentido en que su padre desde fuera rectificaba, sino en el que él interiormente discernía.

         Ésta es la luz. Es una, y uno son todos cuantos la ven y la aman. En cambio, esa otra luz corporal (de que antes hablaba) sazona con dulzura halagadora y peligrosa, y ciega a los amantes del mundo. La luz espiritual, en cambio, enseña a alabarte por ella, oh Dios, y es asumida sin ser ellos asumidos por ella.

         Señor, yo resisto las seducciones de los ojos, para evitar que se me enreden los pies con los cuales avanzo por tus caminos. A ti levanto mis ojos invisibles, para que tú saques mis pies de la red. Tú los sacas una y otra vez, pues ellos no dejan de caer en la red. Tú no cesas de sacarlos, mientras yo no ceso de enredarme en las acechanzas tendidas por todas partes, pues no dormirás ni reposarás, tú que eres el guardián de Israel.

         ¡Qué de cosas, realmente innumerables, elaboradas por los más variados artes y oficios! Son innumerables en vestido, calzado, vasos y otros objetos por el estilo. Son elaboradas con pinturas y una variada gama de objetos de cerámica, que van mucho más allá de la necesidad, de la conveniencia y de un discreto simbolismo. Todas esas cosas atrapan a los sentidos, los pierden por fuera y los abandonan por dentro, destruyendo lo que son por creación.

         Las bellezas plasman las manos del artista, pero tienen su origen en aquella Belleza que planea sobre las almas y los cuerpos. No obstante, los artistas y los seguidores de las bellezas exteriores toman esa belleza como criterio estético, pero no por criterio ético. La norma está allí, pero no la ven. Está allí para que no tengan que ir lejos en su busca, sin necesidad de disiparla en tan enervantes como agotadoras pesquisas.

         Yo mismo me doy cuenta de estas cosas, y me enredo muchas veces en estas bellezas, pero "tú me librarás, Señor, porque tengo ante tus ojos tu bondad". Yo me dejo cazar miserablemente, pero tú me libras misericordiosamente. Unas veces sucede sin darme yo cuenta, pues apenas si estaba a punto de caer. Otras veces será con dolor, por haber caído completamente.

 Act: 23/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A