20 de Noviembre

Jueves XXXIII Ordinario

San Agustín de Nipona
Homilías, XLVI, 24-25.27

Oficio, II

         "Las sacaré de entre los pueblos, las congregaré de los países, las traeré a mi tierra, las apacentaré en los montes de Israel". Compara aquí el profeta las Sagradas Escrituras con los montes de Israel. En ellas habéis de apacentaros para pacer con seguridad. Saboread bien cuanto en ellas oigáis, rechazad cuanto venga de fuera.

         Para no extraviaros en la tiniebla, escuchad la voz del Pastor, y recogeos en los montes de la Sagrada Escritura. En ella se encuentran las delicias de vuestro corazón, en ella no hay nada venenoso ni extraño, sus pastos son ubérrimos. Lo único que tenéis que hacer, las que estáis sanas, es acudir a apacentaros en los montes de Israel.

         "En las cañadas y en los poblados del país". De los montes que se ha hablado manaron los ríos de la predicación evangélica, ya que "a toda la tierra alcanza su pregón", y la tierra entera se volvió abundante y fecunda para pasto de las ovejas.

         "Las apacentaré en ricos pastizales, tendrán sus dehesas en los montes más altos de Israel". Es decir, donde puedan descansar y decir: Se está bien, es verdad, está claro, no nos han engañado. Descansarán, por tanto, en la gloria de Dios, y "se recostaran en fértiles dehesas".

         "Pastarán pastos jugosos en los montes de Israel". A esos montes hay que levantar la vista, porque desde ellos descenderá sobre nosotros el auxilio. Nuestro auxilio "viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra".

         Para que nuestra esperanza no se detuviese en los montes, por buenos que fueran, después de decir el profeta "apacentaré a mis ovejas en los montes de Israel", añadió en seguida lo siguiente: "Yo mismo apacentaré a mis ovejas". Levanta tus ojos hacia los montes, "de donde viene el auxilio", pero escucha decir al Pastor: "Yo mismo las apacentaré", porque "el auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra".

         "Las apacentaré como es debido". El Señor es el único que las apacienta, y las apacienta como es debido. ¿Qué pasa cuando un hombre juzga a otro hombre? Esto mismo: que no hay más que juicios temerarios. Y también esto otro: que aquel del que desesperábamos se convierte en el mejor, y del que tanto esperábamos falla súbitamente. Ni nuestro temor ni nuestro amor son siempre acertados.

         Lo que hoy es cada uno, apenas uno mismo lo sabe. No obstante, si quiere puede llegar a saberlo. Lo que mañanas será cada uno, apenas uno mismo lo sabe. Aquél que apacienta a sus ovejas como es debido, y da a cada una lo suyo, sí sabe lo que hace, porque sí sabe lo que hoy y mañana será cada uno. Él apacienta a cada uno como es debido.

 Act: 20/11/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A