8 de Noviembre

Domingo XXXII Ordinario

San Gregorio de Nacianzo
Homilías sobre el Bautismo, XL, 46

Introducción

         La pausa que harás ante el santuario, inmediatamente después del bautismo, simboliza la gloria de la vida futura. El canto de los salmos, a cuyo ritmo serás recibido, es el preludio de aquella himnodia. Las lámparas que encenderás son figura de aquella procesión de antorchas con que las almas vírgenes salen al encuentro de Cristo.

         En efecto, aquellas almas vírgenes recibieron el mandato de mantenerse radiantes, y no adormiladas por la pereza o la indolencia, hasta el momento en que llegase su esposo Jesucristo. A fin de que dicho momento no les pillase de improviso, todas ellas recibieron las lámparas de la fe, provisión de combustible y aceite, y la esperanza de ser llevadas al tálamo nupcial.

         Mi imaginación me representa aquella triste y miserable escena, en la que su final fue dramático. En primer lugar, estará presente aquel que, al oírse la señal, exigirá que salgan a su encuentro. Entonces, todas las almas prudentes le saldrán al encuentro con una luz espléndida y sobreabundante provisión de aceite. Las restantes, muy azoradas, pedirán intempestivamente aceite, y empezarán a buscarlo alocadamente, perdiendo en ello el tiempo.

         Cuando el esposo llegue, a toda prisa las prudentes se le acercarán, y entrarán junto con él. Las necias, al haber perdido el tiempo necesario para el aderezo de sus lámparas, llegarán "cuando las puertas estén cerradas", y por eso verán prohibido su ingreso, y se lamentarán a grandes voces, comprendiendo demasiado tarde el daño que se han acarreado con su negligencia y desidia. La puerta de entrada al tálamo sólo será abierta una vez, y una vez cerrada no volverá a haber una segunda oportunidad, sino que no se volverá a abrir a nadie más.

         No imitéis, hermanos, a estas vírgenes necias, y tampoco a aquellos que rehusaron participar en las bodas que el buen padre preparó para el óptimo esposo, poniendo como excusa que acababan de casarse, que el campo estaba recientemente comprado, o que una yunta de bueyes había sido mal adquirida. De imitar todo eso, os privaréis del único bien imperecedero, al haber cambiado el mayor de los bienes por cosas insignificantes y fútiles.

         No tendrá allí puesto el orgulloso y el arrogante, ni el perezoso y el indolente. Tampoco tendrá cabida el que va vestido con un traje sucio o impropio de tal fiesta nupcial, aun cuando en esta vida se hubiere considerado digno de semejante honor, y se hubiere furtivamente confundido entre los demás, y se hubiese lisonjeado con una esperanza ilusoria.

         Y después, ¿qué? Una vez entrados allí, el esposo se entretendrá con las almas que le acompañaron al entrar, y las introducirá en los más excelentes y puros misterios. ¡Ojalá que también nosotros nos hagamos partícipes de tales misterios!

 Act: 08/11/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A