7 de Noviembre

Sábado XXXI Ordinario

Libros Sapienciales
Sabiduría 18,1-16; 19,3-9

Oficio, I

         Un silencio sereno lo envolvía todo, Señor, y al mediar la noche tu palabra se abalanzó inexorable, desde el trono real de los cielos, al país condenado. Llevaba como espada afilada tu orden terminante. Cuando finalmente se detuvo, todo lo llenó de muerte, pisando la tierra y tocando el cielo.

         Aquella noche se les anunció a nuestros padres que tuvieran ánimo, y se les dio a conocer la promesa que tú le habías prometido, Señor. Los egipcios habían decidido matar a los niños de los hebreos, y por eso tú bajaste a castigarlos, y arrebataste a sus hijos en masa. En una misma acción, tú castigabas a los enemigos y honrabas a tu pueblo. 

         Esa noche, tu pueblo ofreció sacrificios, Señor, y se impuso esta ley: que todos serían solidarios en los peligros y en los bienes, y empezaron a entonar los himnos tradicionales. El pueblo egipcio, en cambio, lanzaba gritos desesperados, y clamaba quejumbroso en duelo por sus hijos. No daban abasto para enterrarlos, y lo mismo sufrió el rey que el plebeyo. Aunque la magia los hacía desconfiar de ti, Señor, el exterminio de los primogénitos les hizo confesar tu nombre.

         Antes de terminar los funerales, y llorando junto a las tumbas de los muertos, los egipcios tramaron otro plan insensato, y decidieron perseguir a los hebreos como fugitivos. Hasta este extremo los arrastró su merecido sino, y se olvidaron del pasado, mientras tu pueblo realizaba un viaje sorprendente.

         Los hebreos, Señor, tenían una luz magnífica, porque tú les proporcionaste una columna de fuego que los guiaba en el viaje desconocido, y un sol inofensivo para sus andanzas gloriosas. Los egipcios, en cambio, seguían prisioneros de las tinieblas, queriendo recluir a la oscuridad a los hijos de la luz.

         Toda la creación cumplió tus órdenes, Señor, y fue configurada de nuevo en su naturaleza. Así lo hizo, para guardar incólumes a tus siervos. Una nube daba sombra al campamento, la tierra firme emergía donde antes había agua, el violento oleaje creo una vega verde. Por allí pasaron los que iban protegidos por tu mano, en formación compacta y presenciando prodigios asombrosos. Retozaban como potros y trincaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.

 Act: 07/11/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A