7 de Noviembre
Sábado XXXI Ordinario
Guillermo de Saint Thierry
Sobre la Contemplación, X
Oficio, II
¿Cuál es tu salvación, Señor, origen de la salvación? ¿Cuál es tu bendición sobre tu pueblo, sino el don de amarte y ser por ti amados? Por eso has querido, Señor, que el Hijo de tu diestra sea llamado Jesús, porque "él salvará a su pueblo de los pecados, y ningún otro puede salvar".
Cristo nos ha enseñado a amarlo, mas ¿cómo lo ha hecho? Así mismo: amándonos antes que nadie, y hasta la muerte en la cruz. Por su amor y afecto él suscita en nosotros el amor. Esta es la justicia vigente entre los hombres, que se podría resumir así: Ámame, porque yo te amo. Raro será, por tanto, el que pueda decir: Te amo, para que me ames.
Esto es lo que tú hiciste, Señor. No es que tuvieras necesidad de ser amado por nosotros, pero nos habías hecho para algo que no podía funcionar sino de una sola forma: el amor.
Habiendo hablado antiguamente a nuestros padres por los profetas, en distintas ocasiones y de muchas maneras, Dios "nos has hablado en estos últimos días por medio del Hijo". ¿Y cómo lo ha hecho? Manifestando abiertamente cuánto y cómo nos ama, y perdonándonos, y entregándose por nosotros. Él "nos amó y se entregó por nosotros".
Tal es lo que hizo el Verbo todopoderoso, cuando apareció en medio del silencio que mantenían todos los seres (es decir, el abismo del error), procedente desde el trono real, y propugnó su amor.
Todo lo que hizo, dijo y sufrió Jesucristo sobre la tierra, hasta los oprobios, salivazos y bofetadas, hasta la cruz y el sepulcro, no fue sino amar en extremo a los hombres. Lo hiciste para que las almas se salvaran, y por eso tapaste la boca a todos, y el mundo entero quedó convicto ante Dios, y tú te compadeciste y compadeces de quien quieres, y favoreces a quien quieres.
Act:
07/11/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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