16 de Agosto

Domingo XX Ordinario

San Atanasio de Alejandría
Cartas Pascuales, VII, 6-8

Introducción

         "Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados". Conviene, pues, hermanos, que los santos y amantes de la vida en Cristo se eleven al deseo de este alimento, y digan suplicantes: "Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío".

         Siendo esto así, también nosotros, hermanos míos, debemos dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros, y alimentarnos del pan vivo con fe y caridad para con Dios; tanto más cuando sabemos que sin fe es imposible participar de este pan.

         El mismo Salvador, al tiempo de hacer una llamada general para que todos acudieran a él, decía: "El que tenga sed, que venga a mí, y el que cree en mí que beba". E inmediatamente después de haber hecho mención de la fe, sin la cual nadie debiera tomar este alimento, dijo como dice la Escritura: "De las entrañas del que cree en mí manarán torrentes de agua viva".

         Por esta razón, él mismo alimentaba continuamente con sus palabras a los creyentes, y les comunicaba la vida con la presencia de su divinidad.

         En cambio, a aquella mujer cananea, que todavía no había accedido a la fe, ni siquiera Jesús se dignó responderla, aun cuando estaba muy necesitada de ser por él alimentada. Actuó de esta forma, mas no por desprecio (pues de lo contrario no se hubiera dirigido al país de Tiro y Sidón) sino porque todavía no era creyente, y por esta causa no podía exhibir derecho alguno.

         Con razón obró así Jesús con la cananea, hermanos míos, y de nada sirvieron sus ruegos antes de haber recibido la fe, hasta que sus ruegos estuvieran en sintonía con su fe. Pues quien se acerca a Dios, ante todo, es necesario que crea en él. Entonces, él le concederá lo que pide. Como enseña Pablo, "sin fe es imposible agradar a Dios".

         Careciendo todavía de fe, por tanto, y siendo además extranjera, la cananea hubo de oír de labios del maestro: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos".

         Más tarde, dirigiéndose a la que había humillado con palabras tan duras, y a la que había liberado de su paganismo, y a la que había concedido el don de la fe, no la trata ya como a un perro, sino como a una persona humana, y le dice: "Mujer, qué grande es tu fe". Habiendo ella creído, en seguida él le otorgó el fruto de su fe, y le dijo: "Que se cumpla lo que deseas". En aquel momento, quedó curada su hija.

 Act: 16/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A