24 de Mayo

Domingo de Pentecostés

San Pablo
Carta a los Romanos 8, 5-27

Oficio, I

         Hermanos, los que se dejan dirigir por la carne tienden a lo carnal, y los que se dejan dirigir por el Espíritu tienden a lo espiritual. Nuestra carne tiende a la muerte, y el Espíritu a la vida y a la paz. Si vivís según la carne, vais a la muerte. Si dais muerte a las obras del cuerpo, con el Espíritu viviréis. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.  

         La tendencia de la carne es rebelarse contra Dios. Y no sólo no se somete a la ley de Dios, sino que ni siquiera puede hacerlo. Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios, y el que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. 

         Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, y el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por ese mismo Espíritu que habita en vosotros.

         Así pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne ni para vivir carnalmente. Tampoco habéis recibido un espíritu de esclavitud (para recaer en el temor), sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar ¡Abba, Padre!

         Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios. Si somos hijos, también somos herederos (herederos de Dios) y coherederos (con Cristo), ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados. Los sufrimientos de ahora, por tanto, no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

         La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios. Ella fue sometida a la frustración por uno que la sometió, mas esa misma creación todavía guarda la esperanza de verse liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

         Hasta ahora, la creación entera está gimiendo, toda ella, con dolores de parto. También nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios y la redención de nuestro cuerpo.

         En esperanza fuimos salvados, mas una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno, en efecto, aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

         El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene. Él mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. El que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

 Act: 24/05/25     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A