29 de Marzo
Domingo de Ramos
San Ambrosio de Milán
Comentario del Salmo 118, XV, 37-40
Oficio, II
Quien ama los preceptos del Señor sujeta con clavos la propia carne, sabiendo que cuando su hombre viejo esté con Cristo crucificado en la cruz, él destruirá la lujuria de la carne. Sujétala con clavos, pues, y habrás destruido los incentivos del pecado. Sí, existe un clavo espiritual capaz de sujetar tu carne al patíbulo de la cruz del Señor.
Que el temor del Señor y de sus juicios crucifique tu carne, reduciéndola a servidumbre. ¿Por qué? Porque si tu carne rechaza los clavos del temor del Señor, indudablemente tendrá que oír: "Mi aliento no durará por siempre en el hombre, puesto que es carne". Por tanto, a menos que esta carne sea clavada a la cruz, y sujetada con los clavos del temor de nuestro Dios, el aliento de Dios no durará en el hombre.
Está clavado con estos clavos quien muere con Cristo, quien lleva en su cuerpo la muerte del Señor Jesús, quien merece escuchar de Jesús: "Grábame como un sello en tu brazo, como un sello en tu corazón, porque es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo". Graba en tu pecho y en tu corazón, pues, este sello del Crucificado. Grábalo en tu brazo, para que tus obras estén muertas al pecado.
No te escandalice la dureza de los clavos, pues es la dureza de la caridad. No te espante el poderoso rigor de los clavos, porque el amor es fuerte como la muerte. El amor da muerte a la culpa y a todo pecado, el amor mata como una puñalada mortal. Sí, cuando amamos los preceptos del Señor, morimos a las acciones vergonzosas y al pecado.
La caridad es Dios, la caridad es la palabra de Dios, es una palabra "viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos". Que nuestra alma y nuestra carne estén sujetas con estos clavos del amor, para que también ella pueda decir: "Estoy enferma de amor". El amor tiene sus propios clavos, como tiene su espada con la que hiere al alma. ¡Dichoso el que merece ser herido por semejante espada!
Ofrezcámonos a recibir estas heridas. Por estas heridas, si alguno muriere, no sabrá lo que es la muerte. Tal es la muerte de los que siguen al Señor, de los cuales se dijo: "Algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del hombre con majestad". Con razón no temía Pedro esta muerte, y estaba dispuesto a morir por Cristo antes que abandonarlo o negarlo.
Carguemos, pues, con la cruz del Señor. Si crucificamos nuestra carne, esa cruz destruirá el pecado. El temor es el que crucifica la carne, pues "el que no coge la cruz y me sigue no es digno de mí". Es digno aquel que está poseído por el amor de Cristo, hasta el punto de crucificar el pecado de la carne. Este temor va seguido de la caridad que, sepultada con Cristo, no se separa de Cristo, muere en Cristo, es enterrada con Cristo y resucita con Cristo.
Act:
29/03/26
@semana
santa
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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