2 de Abril
Jueves Santo
San Agustín de Hipona
Homilías del AT, XXIII, 2-3
Oficio, II
"Apenas habrá quien muera por un justo, mas por un hombre de bien tal vez se atravería uno a morir". Es posible, hermanos, encontrar a alguno que se atreva a morir por un hombre de bien, mas por un inicuo, o malhechor, o pecador, ¿quién querrá entregar su vida? Nadie, excepto Cristo, que fue justo hasta el punto de justificar incluso a los que eran injustos?
Ninguna obra buena éramos capaces de realizar, hermanos míos, y todas nuestras acciones eran malas. No obstante, a pesar de ser malas todas las obras de los hombres, la misericordia de Dios no abandonó a los humanos. Sí, siendo nosotros dignos de castigo, él nos gratificó con la gracia que no merecíamos.
Dios envió a su Hijo para que nos rescatara con su sangre, la sangre de aquel Cordero sin mancha, llevado al matadero por el bien de los corderos manchados, si es que debe decirse manchados y no totalmente corrompidos. Tal ha sido, pues, la gracia que hemos recibido.
Vivamos, por tanto, dignamente, ayudados por la gracia que hemos recibido, y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado. Un médico extraordinario ha venido hasta nosotros, y todos nuestros pecados han sido perdonados. Si volvemos a enfermar, no sólo nos dañaremos a nosotros mismos, sino que seremos ingratos para con nuestro médico.
Sigamos, pues, las sendas que él nos indica, e imitemos en particular su humildad, aquella humildad por la que él "se rebajó a sí mismo" en provecho nuestro. Esta senda de humildad nos la ha enseñado él con sus palabras, y él mismo anduvo por ella, muriendo por nosotros. En efecto, no habría muerto si no se hubiera humillado, y ¿quién hubiera podido matar a Dios, si Dios no se hubiera humillado?
Cristo es Hijo de Dios, y el Hijo de Dios es ciertamente Dios. Él es el Hijo de Dios, la palabra de Dios de la que dice Juan: "En el principio ya existía la palabra, y la palabra estaba junto a Dios, y la palabra era Dios. La palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada".
¿Y cómo se humilló? Lo explica el mismo Juan, cuando dice: "La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros". En efecto, la palabra de Dios no hubiera podido sufrir la muerte. Por eso, para poder morir por nosotros, siendo como era inmortal, "la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros". Así, el que era inmortal se revistió de mortalidad, para poder morir por nosotros y destruir nuestra muerte con su muerte.
Esto fue lo que hizo el Señor, éste es el don que nos otorgó. Siendo grande, se humilló; humillado, quiso morir; habiendo muerto, resucitó. Es más, él fue exaltado para que nosotros no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con él en la resurrección de los muertos.
Act:
02/04/26
@semana
santa
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()