18 de Febrero
Miércoles de Ceniza
San León Magno
Tratados, XLVIII, 138
Oficio, II
Carísimos, entre todos los días que la devoción cristiana celebra con especiales muestras de honor, ninguno tan excelente como la festividad pascual, que consagra en la Iglesia de Dios la dignidad de todas las demás solemnidades. En realidad, hasta la misma generación materna del Señor está orientada a este sacramento, y el Hijo de Dios no tuvo otra razón de nacer que la de poder ser crucificado.
En efecto, en el seno de la Virgen fue asumida una carne mortal, en la cual se llevó a cabo la economía de la pasión. Por designio de la misericordia de Dios, esta carne mortal se convirtió en sacrificio de redención, en abolición del pecado y en primicia de la resurrección para la vida eterna.
Si consideramos lo que el mundo entero ha recibido por la cruz del Señor, reconoceremos que, para celebrar el día de la Pascua, con razón nos preparamos con un ayuno de 40 días, a fin de poder participar dignamente en los divinos misterios.
No sólo los supremos pastores, o los sacerdotes de segundo rango, o los ministros de los sacramentos, sino todo el cuerpo de la Iglesia, y la universalidad de los fieles, ha de estar purificada de cualquier tipo de corrupción, para que el templo de Dios (que tiene como cimiento al mismo fundador) sea magnífico en todas sus piedras y luminoso en todas sus partes.
Si es razonable que se embellezcan con toda clase de adornos las mansiones de los reyes y los palacios de los supremos jerarcas, ¡con qué esmero no habrá de edificarse y decorarse la mansión de la misma deidad! Esta mansión no pueda iniciarse ni consumarse sin el concurso de su Autor, mas exige la colaboración de quien la construye, participando con la propia fatiga en su edificación.
El material utilizado en la construcción de este templo es un material vivo y racional, que el espíritu de gracia incita para que voluntariamente se coadune en un todo compacto. Este material es amado y es buscado, para que a su vez busque el que no buscaba y ame el que no amaba, de acuerdo con lo que dice el apóstol Juan: "Debemos amarnos unos a otros, porque Dios nos amó".
Formando los fieles, global y singularmente considerados, un único y mismo templo de Dios, éste debe ser perfecto en la singularidad de sus miembros y en la universalidad. Si bien la belleza de los miembros no es idéntica, ni es posible la igualdad de los méritos (dada la variedad de las partes), el aglutinante de la caridad consigue una armoniosa comunión.
Los que están vinculados por un santo amor, aun cuando no todos participen de los mismos beneficios de la gracia, se alegran mutuamente de sus bienes, y no puede serles extraño nada de lo que aman, por cuanto redunda en propio enriquecimiento la alegría que experimentan en el progreso ajeno.
Act:
18/02/26
@tiempo
de cuaresma
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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